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ALGUNAS CLAVES DE MI PINTURA
Y DE ESTA PÁGINA WEB

El título “La pintura intemporal de José Ramón Trigo” orienta sobre la naturaleza de mis trabajos. En cada uno de ellos he procurado aprehender unos valores intemporales, que trascienden las modas, tantas veces efímeras. La apariencia de modernidad no es garantía de calidad ni de permanencia. Así, la música de los hijos de Johann Sebastian Bach era más moderna que la de éste; sin embargo, ahora las obras de Wilhelm Friedemann, Carl Philippe Emmanuel y Johann Christian Bach despiertan en nosotros un interés moderado, mientras que la de J. S. Bach nos interesa muchísimo (tanto que es considerada como una de las cumbres de la música de todos los tiempos).

 

El propio Stravinsky afirmaba que aquellas obras cuya virtud esencial sea la novedad, sufrirán más el paso del tiempo. Cuando oímos las composiciones musicales de J. S. Bach, Mozart, Beethoven, Brahms…, para apreciarlas no es preciso que nos situemos en el tiempo en que fueron creadas, tratando de imaginar la sorpresa que causaron a sus contemporáneos. Además de esa primera novedad, existen en ellas unos valores permanentes, que las hacen siempre nuevas, perennemente actuales y con los que entran en sintonía los hombres de todas las épocas. J. S. Bach cuando escribió “El arte de la fuga” no buscó asombrar con una apariencia chocante, novedosa ,”moderna”, incluso empleó en esa obra formas musicales ya muy usadas, contrapuntos arcaicos… pero el resultado es un descubrimiento profundo (en esos hallazgos intemporales reside lo “nuevo”, más que en una epidérmica “novedad”) y maravilloso (que asombra realmente). En efecto, la obra de arte, más que cambio (como dicta la moda), es perfección, apertura a lo maravilloso, encuentro con el misterio del ser; es registrar lo que perdura… Clarificadoras, aunque escuetas, resultan en este punto unas palabras de Séneca referidas a quienes carecen de la actitud anterior: “no buscan lo mejor, sino la novedad” (mutantur non in melius, sed in aliud). Y asimismo Gustave Thibon dejó escrito: “hay infinitamente menos novedad en las rápidas cabriolas de la moda, que en el esfuerzo lento y continuo hacia la perfección, propio del verdadero estilo”.

 

La viuda de Juan Sebastián Bach, Ana Magdalena, escribía: “Ya sé que existen ahora nuevas corrientes musicales, y que los jóvenes las siguen, como siguen siempre todo lo nuevo; pero cuando envejezcan, si son verdaderos músicos, volverán a Sebastián. Haciendo abstracción de que soy su mujer, o, mejor dicho, ¡ay!, su viuda, entiendo de música lo suficiente para saber que así sucederá, aunque ahora, a los pocos años de su muerte, sus obras están casi olvidadas y se prefieren a las suyas las composiciones de sus hijos Friedemann y Manuel”… Mozart, Mendelssohn, Chopin, Schumann, Brahms se interesaron por la música de J. S. Bach; no eran viejos, pero sí verdaderos músicos.

 

 

 

Algunos de los cuadros reproducidos en esta página web cuentan con un comentario o un análisis geométrico. Esto puede ayudar a entender que la contemplación de estas obras no se agota en la inicial percepción de unos aspectos plásticos. En los análisis se muestra cómo los elementos del cuadro, además de representar objetos reales, tienen una función significante dentro de la obra pictórica. Esos elementos del cuadro son como formas embrionarias, susceptibles de ser desarrolladas; o, dicho de otro modo, cada uno de ellos puede constituir como un tema (en música sería un tema musical) que admite ser imitado, invertido, variado… Una línea recta, por ejemplo, es imitada en algunos casos por otras paralelas; es invertida o contrastada por otra de dirección perpendicular a ella; es variada por otras líneas semejantes. Así, el conjunto de formas de un cuadro va resultando o se va desarrollando a partir de unas pocas…; la complejidad del mismo se compone de grupos o familias de formas análogas, que nos dan la clave del orden y de la unidad de la obra. Unidad en la multiplicidad: las diferentes partes o funciones de un cuadro no se oponen, sino que concurren a  un mismo efecto de conjunto.

 

 

 

Frente al prejuicio, que ha caracterizado a las modas estéticas recientes, de buscar o admitir  en la pintura sólo lo llamativo, la apariencia novedosa y la percepción inmediata (que incapacita, en no pocos casos, para la contemplación y la reflexión), esta propuesta de “pintura intemporal” (aquí reproducida fotográficamente con mayor o menor fidelidad) aboga, como podrán ustedes ver y leer en los comentarios y análisis, por descubrimientos quizá más profundos, que requieren del espectador una actitud más reposada y contemplativa, para percibirlos.

 

 

 

En la medida en que la sorpresa ante lo chocante o ante la provocación reemplace al verdadero asombro o admiración ante la belleza artística, en el mundo del arte se estará repitiendo (hecha realidad) la ficción referida por Hans Christian Andersen en uno de sus cuentos… Llegaron a un reino unos sastres famosos, que se ofrecieron a confeccionar para el rey un vestido más llamativo que ningún otro: lo nunca visto. Trabajaron jornadas enteras para lograrlo. Cuando estuvo a punto, el rey lo estrenó desfilando ante la multitud. Todos ponderaron los encantos del vestido confeccionado por tan expertas manos… Hasta que un niño gritó: ¡pero si el rey va desnudo! Obviamente todos lo veían así, pero nadie se atrevía a manifestarlo, no fuesen los demás a tomarlo por cretino.

Completo ahora la frase dicha más arriba: En la medida en que la sorpresa ante lo chocante o ante la provocación reemplace al verdadero asombro o admiración ante la belleza artística, en el mundo del arte sucederá el engaño de dar como arte lo que no lo es.

 

 

 

Todavía unas consideraciones acerca del arte figurativo, abandonado por muchos en nuestros días… Algunos, si no ven deformaciones exacerbadas en la interpretación de la realidad, no reconocen que haya arte. Es como si se les hubiese embotado la sensibilidad y el entendimiento, y ya sólo percibiesen lo grueso y abultado. Parecen olvidar ejemplos palmarios; así, comparando los retratos que Velázquez hizo a Inocencio X (y principalmente el último de ellos, el definitivo, conservado en la Galería Doria-Pamphili de Roma) con las interpretaciones de los mismos realizadas por Bacon, vemos que las obras de Velázquez carecen de deformaciones y, no obstante, tienen penetración psicológica en el personaje; están acaso limitadas o ceñidas a la apariencia de las cosas representadas y, sin embargo, han retenido la huella fortísima de la presencia viva del retratado y de su dignidad, desplegándola con una riqueza cromática que es goce para los sentidos. Poco o nada de esto encontramos en los cuadros mencionados de Bacon, libérrimos quizá, pero esperpénticos, desquiciados,  propios casi de un enfermo paranoico.

Me decía un amigo, tras una visita al Museo del Prado en Madrid: Picasso, en las interpretaciones que hizo de Las Meninas de Velázquez, semeja haber deambulado alrededor de ellas, pero ha sido incapaz de captarlas en su misterio, cosa que sí hizo Velázquez.

La comunicabilidad universal de las obras de Velázquez (y de tantos otros artistas) permite inferir que la naturaleza sólo muestra su secreto a quienes se acercan a ella con respeto y con amor.

 

 

 

En cualquier época (y lo mismo acontecerá a las generaciones que nos sucedan) el hombre coexiste con la naturaleza, incluso él mismo forma parte de ella. Para un espíritu poético siempre constituirá un desafío el evocarla, recrearla, interpretarla, comprenderla… Por consiguiente, obviarla en el arte (manifestación del espíritu humano) no se entendería.

Las formas de la naturaleza, las de sus especies animales y vegetales, las de los seres inanimados como el mar, el cielo, las llanuras y las montañas, permanecerán con pocos cambios a lo largo del tiempo, sin volverse anticuadas o extemporáneas; y esto a pesar de las mutaciones en los gustos estéticos de los hombres. El arte siempre se hallará ante el reto de abrirse a esas formas casi permanentes.

Modigliani pintó rostros humanos con los ojos vacíos, monocolores, carentes de pupilas, de iris y de esclerótica. Picasso lo hizo dibujando un ojo rasgado horizontalmente y otro verticalmente, o situando los dos ojos a un mismo lado de la nariz. Si entendiésemos el arte como una evolución irreversible y en una sola dirección, podría concluirse que ya no sería moderno o actual pintar rostros con ojos naturales (con la enorme complejidad que encierran)… Pues, qué pena, qué empobrecimiento el nuestro, si así fuera. Porque con frecuencia es en las miradas donde advertimos lo más expresivo y misterioso del ser humano. ¿Dónde quedaría ese asombro, que lleva a querer perpetuar en el arte la imagen palpitante de unos niños, de las personas que amamos?

 

Demasiado paradójico resulta, en nuestros días, el contraste entre el cuidado extremo que se dispensa al cuerpo humano (no pocas personas se someten a regímenes de adelgazamiento e incluso a la cirugía para mejorar, según ellas, su apariencia física) y el tratamiento que del hombre hace el arte reciente o actual. La pasión por las novedades, cambios y extravagancias ha llevado a imponer como “moderno” el gusto por lo irracional y lo absurdo, por lo raro, deforme y anormal, por lo enfermizo y repugnante, por la forma degradada, dañada o repulsiva… Y por si alguien piensa que son exagerados estos calificativos, se recuerdan aquí unos nombres: Francis Bacon, Pablo Ruiz Picasso (Dalí llamaba “adefesios” a las figuras deformes de Picasso), Willem de Kooning, Antonio Saura, Egon Schiele, Lucian Freud…”Las artes del siglo XX y de principios del XXI han dejado de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico” (José Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002).

 

Así, pues, es preciso intentar que las cosas normales y sencillas recuperen su encanto ante nuestros ojos, después de que algunos “modernos” hayan entrado en la naturaleza “como un elefante en una tienda de porcelanas finas”.

 

 

 

El afán de novedades, que tanto ha caracterizado a ciertos ambientes de la sociedad en el siglo XX y que se manifiesta aún en nuestros días (algo similar a lo que sucedió en la decadencia de la Grecia clásica), ha llevado a valorar como hitos del progreso artístico obras que han supuesto un sucesivo acercamiento a las fronteras de lo que ya no es arte. Dicho de otro modo, lo que para los buscadores de novedades eran avances significativos del arte, en realidad —en no pocos casos— se trataban de obras cada vez menos complejas, artísticamente más pobres. Comparemos, por ejemplo, unas obras de Rafael, Tiziano, Rubens o Rembrandt con obras de Mark Rothko. Aquéllas son pictóricamente complejísimas y maravillosas; de una dificultad de ejecución tal, que casi se dirían sobrehumanas; la contemplación de las mismas no se agota en una simple mirada; al contrario, resultan riquísimas a ojos del espectador. A este respecto, pueden ilustrar unas palabras de Vincent van Gogh, fascinado ante el cuadro “La novia judía” de Rembrandt: “Créeme, te lo digo de corazón; daría diez años de mi vida, si pudiera quedarme sentado catorce días delante de este cuadro, comiendo tan sólo pan seco”. A un pintor le oí decir que, ante el cuadro “La ronda nocturna” de Rembrandt había permanecido horas contemplándolo; el cuadro le parecía inagotable, no cesaba de causarle asombro. Ante el “Guernica” de Picasso estuvo un cuarto de hora; al cabo de ese tiempo, el cuadro parecía no decirle más. Podríamos preguntarnos ahora: ¿durante cuántos minutos, o quizá segundos, las obras de Mark Rothko podrían alimentar nuestra capacidad de contemplación?...

 

Ciertamente estas obras abstractas tan simples pueden tener un valor decorativo; es más, un simple color plano extendido en una superficie (así de simple y así de pobre artísticamente), puede cumplir satisfactoriamente una función decorativa, dentro de un edificio moderno de formas geométricas, con tanta eficacia o incluso mayor que si, en su lugar, se colocara “Las hilanderas” de Velázquez. ¿Significa esto que las obras de Mark Rothko son equiparables artísticamente a “Las hilanderas” de Velázquez? Es obvio que no: entre ellas hay una diferencia de grado casi infinita; pero, además, una obra de arte tiene un valor en sí misma, que trasciende o está más allá de una eventual función decorativa.

 

Algunos evitan hacer esta clase de comparaciones y prefieren relativizar todos sus conceptos: las obras de Tiziano —dicen— eran propias del siglo XVI, como las de Mark Rothko son propias del siglo XX; tan válidas unas como las otras. Pensar de esta manera es eludir la cuestión, no comprenderla. Los que así dicen son quizá los mismos que luego sostienen que cada nueva obra es la superación de las realizadas anteriormente (con lo que incurren en una contradicción) y, por consiguiente, convierten el arte en una simple circunstancia o moda de un momento histórico.

 

Yo afirmo lo contrario: el arte verdadero trasciende las épocas y las modas; tiene un valor más absoluto. Si J. S. Bach, Mozart y Beethoven no hubiesen vivido anteriormente y existiendo ahora, en el siglo XXI, compusieran las mismas obras que realizaron entonces, también ahora serían obras maestras inigualables. Si El Greco y Goya no hubieran existido y viviesen ahora entre nosotros, sus obras tendrían sentido, serían tan maravillosas como lo fueron antes, superarían la pobreza de tantas obras “modernas”.

 

Los cambios en el arte moderno han llevado a descubrimientos muy interesantes a veces, dignos de ser señalados como logros del mejor arte; pero este hecho encomiable no debe hacer olvidar la naturaleza de estos cambios, que han supuesto una progresiva desintegración de los fines del arte. Así, unos parecían reducir la pintura al color; otros a la línea; otros a la composición; otros a las deformaciones; otros rechazaban la figura; otros parecen rechazar tanto la forma, que rozan el caos… otros, en fin, optan por la provocación y la extravagancia (como llamar y vender como arte un becerro o un potro metidos en una caja transparente llena de formol). Y en no pocas ocasiones sucedió lo que ya he referido más arriba: un regresivo empobrecimiento artístico, una pérdida de complejidad en las soluciones artísticas. Para algunos Beethoven es prototipo de artista innovador, revolucionario, “moderno”. Su música reúne esas y otras muchas cualidades y tiende a resultados no simples (al contrario de lo que con alguna frecuencia ha sucedido en el siglo XX y en nuestros días) sino complejísimos, de gran profundidad y belleza. Por eso podríamos generalizar que el afán de novedades en la época moderna ha traído, en bastantes casos, una evolución desintegradota y empobrecedora para el arte, mientras que la innovación beethoveniana tendía a la superación, a la riqueza más absoluta.

 

Descendamos a un ejemplo. Como experimento o broma, en una de las ferias de arte contemporáneo ARCO, que anualmente tienen lugar en Madrid, se expuso un cuadro realizado por niños de una guardería infantil. Los visitantes de la feria tomaron esa obra por una entre tantas allí expuestas... ¿Imaginan ustedes el resultado, si ese mismo experimento se hubiese repetido en el Museo del Prado? Es evidente que la broma no hubiese tenido éxito, nadie resultaría engañado.

 

El ejemplo anterior es ilustrativo del empobrecimiento artístico a que ha conducido, con relativa asiduidad, el afán de novedades y extravagancias en nuestros días. Y asimismo pone de manifiesto otro problema actual: ciertas personas confunden la apariencia de modernidad con la calidad artística. Es una consecuencia más del afán de novedades y de que falta esa condición que ponía Ana Magdalena Bach (a la que he citado al principio): “si son verdaderos músicos, volverán a Sebastián” (a la música de J. S. Bach). Parodiando sus palabras, podríamos decir: si son verdaderos pintores, si entienden y aman verdaderamente el arte, volverán a apreciar la calidad artística por encima de la aparente novedad.

 

 

 

Hay tópicos falsos que corren de boca en boca, como el de que “los pintores impresionistas rompieron con la tradición”. Baste recordar que volvieron sus ojos a la naturaleza, sí, pero también a la pintura española del Siglo de Oro, a los paisajistas holandeses y británicos, a las estampas japonesas, frecuentaban el Museo del Louvre y maduraron lo que de algún modo presentían pintores como Delacroix, Courbet, Corot, Daumier y la escuela de Barbizon; incluso podemos advertir intereses particulares en ellos: de Manet por Velázquez y Goya; de Renoir por Rubens, Veronés y Rafael; de Monet por.Boudin, Jongkind y Turner; de Degas por Ingres; de Cézanne por Poussin; de Van Gogh por Rembrandt y Millet. En gran medida, estos pintores asumieron la tradición cultural heredada y sobre ella sumaron sus propios descubrimientos. El proceso de su labor artística estuvo marcada por el signo más (+).

 

Algo similar sucedió con el cubismo, que surgió cuando Picasso, Braque y Juan Gris extremaron las teorías y realizaciones plásticas de Cézanne.

 

Hoy en día no son pocos los artífices que dicen rechazar toda tradición, a la que consideran como un fardo inútil del que conviene desprenderse, para conseguir la tan ansiada apariencia de novedad y originalidad en sus obras, que deberán estar liberadas de cualquier semejanza con obras de otros autores. Pretenden así partir de cero o sólo de sí mismos. Su actitud esencial es el rechazo, el signo menos (—), hacia el legado cultural que hemos recibido. Según este criterio, el orangután debería considerarse como un afortunado respecto al ser humano, ya que carece de todo vestigio de cultura.

 

Un investigador que trabaja en un laboratorio, un ingeniero que intenta diseñar un nuevo ferrocarril o un avión, no empiezan por rechazar todo lo ya inventado o descubierto hasta ese momento en los campos que los ocupan; más bien tratarán de construir a partir de ahí; de sumar, si pueden, introduciendo mejoras sustanciales —o al menos accidentales— en los artefactos que proyecten, evitando retroceder, esto es, incurrir en defectos o imperfecciones ya subsanados en diseños precedentes. Éste es el camino ordinario del progreso: sumar siempre, integrar lo que parece desunido o disperso, permanecer abiertos a la luz, que es tanto como decir: apertura a la verdad, al bien, a la belleza.

 

Las consecuencias de la actitud contraria ya fueron señaladas en párrafos anteriores: el querer prescindir de los logros, aciertos y hallazgos que forman parte de la tradición, en aras de la modernidad y de un supuesto “progreso”, puede encerrar el engaño o el peligro de restar más que sumar, de ir caminando hacia las fronteras de lo que ya no es arte… Buscando romper con todo lo anterior, se llega incluso a pretender un arte sin forma, y a exaltar —como si de un gran avance se tratara— el haber reducido el arte a lo informe y al caos.

Una familia visitaba en un museo de arte contemporáneo una exposición con obras de un pintor de fama internacional. Ante un cuadro constituido por una superficie de color uniforme y uno o dos puntos negros, comentó uno de los hijos: “mamá, este pintor, además, es un jeta (tiene mucha cara): ni pinta ni pone título” (en la pequeña cartela adjunta al cuadro se leía: “Sin título”).

 

En la música de Juan Sebastián Bach converge buena parte de la cultura musical europea de varios siglos. A J. S. Bach no le inquietó el prejuicio de rechazar influjos de otros músicos, para afirmar su autonomía y genialidad. Más bien al contrario, siendo joven forzó los ojos para copiar de noche, a la luz de la luna y en el curso de numerosas semanas, una colección de piezas musicales célebres, de autores famosos, que su hermano mayor escondió en una caja de documentos protegida por una reja; y recorrió a pie cientos de kilómetros para empaparse, durante varios meses, de la música de Buxterhude… No parecía importarle demasiado ser “genial”, sino lograr la máxima perfección de su arte; “el fin de la música no es otro —decía— que la gloria de Dios y el goce, el recreo del alma humana”. La cultura no le estorbó, sino que fue para él la herencia preciosa que supo administrar y encumbrar. Tampoco la música de Mahler quedó lastrada por su honda cultura; ni la pintura de El Greco por extender sus raíces en la cultura oriental y en la occidental europeas. El arte resultó potenciado, cobró alas y alcanzó cotas sublimes en tales casos y en otros muchos.

 

El cuadro de Velázquez “Las hilanderas”, ya mencionado al relacionarlo con las obras de Mark Rothko, aúna lo que podría ser considerado como un cuadro de género, un obrador —en el primer término— donde unas mujeres hilan y devanan (dos de las cuales recuerdan, en sus poses, a dos desnudos de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina), con la representación de la fábula de Aracne —más al fondo— (Aracne reta a Minerva a hilar y, como prueba de su destreza, confecciona un tapiz, donde se reproduce “El rapto de Europa” de Tiziano). Tanta complejidad no entorpece el prodigio de esta obra maestra de la pintura universal, donde lo contemporáneo y lo antiguo se hermanan en una síntesis admirable y siempre actual. Así es el arte o, quizá mejor, el Arte (con mayúscula).

 

 

 

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