Síntesis o recapitulación

 

El arte moderno y el llamado contemporáneo cifran el arte en la búsqueda de formas nuevas, en la novedad aparente. En el cuarto texto, Una renovación diferente, se subraya cómo J. S. Bach hizo lo contrario: él renunció, en gran medida, a cambiar las formas musicales. Algunos juzgaron esa conducta como signo de falta de creatividad, y su música como anticuada. No obstante, en el mismo texto se recoge una anécdota de Mozart, quien, arrodillado después de escuchar unos motetes de J. S. Bach en Leipzig, exclamó: “¡Por fin encuentro algo nuevo e interesante, de lo que puedo aprender!” A este suceso ilustrativo se suma, a continuación, una serie de juicios de eminentes compositores y hombres de cultura acerca de la música de J. S. Bach. El contraste entre la incomprensión y el desprecio hacia la música de Bach provenientes de quienes entienden el arte al modo moderno y contemporáneo (búsqueda de formas nuevas, de la novedad aparente) y la admiración suma que le dispensaron los grandes músicos que lo sucedieron, nos abre los ojos… Empezamos a sospechar que los postulados del arte moderno y del llamado contemporáneo son discutibles, deben ser cuestionados y revisados.

Y ésta es parte de mi tarea didáctica. Cuando en una encrucijada de caminos una persona toma una senda equivocada, al principio la desviación puede pasar inadvertida. Así sucedió con el arte realizado en la primera mitad del siglo XX; es justo reconocer que alcanzó resultados muy valiosos, aun cuando los principios que lo alimentaron erraban ya ligeramente. Pero cuando ese caminante prosigue por la senda equivocada, la desviación será creciente, el alejamiento del fin al que debía dirigirse será cada vez mayor. El mal llamado arte contemporáneo es una muestra palmaria de esto; desde el arte moderno se ha corrido tanto en tan poco tiempo, que estamos lejos… en las fronteras de lo que no es arte, en la impostura de llamar y vender como arte lo que no lo es (la fábula El vestido nuevo del emperador es una realidad en nuestros días; el rey desnudo se pasea ufano por las salas de “arte contemporáneo” y se carcajea de los incautos).

El mal que padecemos proviene de aquella decisión inicial equivocada (identificar el arte con la consecución de las formas nuevas aparentes). Esta desviación se ha ido acentuando ―como digo― hasta el momento presente. “Las artes del siglo XX dejaron de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico” (José Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002). Esta cita quizá debería escribirse habitualmente con letras que destaquen ―negrillas, cursivas o mayúsculas―, porque resume a la perfección lo que ha sucedido y lo que está sucediendo todavía en nuestros días.

Cuando Pablo llegó a Atenas en siglo I y habló en el Areópago (Hechos de los Apóstoles 17, 21) los atenienses y los forasteros en la ciudad no hacían otra cosa que estar pendientes de oír y decir la última novedad. Correspondía ese momento histórico a una decadencia cultural (con epicúreos y estoicos), después del esplendor de los siglos V y IV a. C. cuando filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles habían encumbrado el pensamiento humano… ¿y de qué manera?  Buscando no la novedad aparente sino ¡yendo tras la verdad!

Este breve apunte histórico es suficiente para desmontar el falso mito del progreso indefinido e irreversible (tan extendido desde el racionalismo de la Ilustración francesa). Posteriormente al Siglo de Oro de la cultura griega ―comprendido entre los siglos V y IV a. C. y cuya superioridad correspondió a Atenas― hallamos en la misma ciudad, Atenas, pero ya en el siglo I una sombría y caricaturesca imagen de aquel esplendor capaz de iluminar el mundo y la historia enteros. “La filosofía griega nace con las primeras reflexiones de los presocráticos, que se centran en la naturaleza, teniendo como base el pensamiento racional o logos. El objetivo principal de los filósofos presocráticos era encontrar el arché, el elemento primordial de todo. La búsqueda de una sustancia permanente frente al cambio, de la esencia frente a la apariencia, de lo universal frente a lo particular se convertirá en la base que asiente futuras explicaciones filosóficas” 1… Por contra, la actitud de los atenienses y forasteros del siglo I fue muy otra, y constituye un claro precedente de nuestra época. El interés por una novedad aparente o retórica reemplazó a la natural apertura del ser humano hacia la SABIDURÍA, que se desarrolla en el encuentro de la mente humana con la realidad ―o cosmos en el que hemos sido puestos, del que formamos parte―, y a la que debe remitir todo el pensamiento y el arte humanos. Hoy en día, como en la decadente Atenas del siglo I, la apariencia es más valorada que la esencia; el cambio es preferido a lo permanente, lo particular a lo universal (así, lo simplemente decorativo, que puede cumplir una función particular, es reputado como si fuera un arte supremo e intemporal y éste, sin embargo, es despreciado como convencional; es tanto como despreciar por archisabida ―sin siquiera conocerla ni entenderla― la Metafísica aristolélico-tomista, filosofía por excelencia “del sentido común”, y herramienta como ninguna otra que capacita al hombre para descubrir el logos que vertebra la realidad)… A principios del siglo XXI podemos afirmar con seguridad que se ha progresado en tecnología, en comodidades, en el dominio material sobre la naturaleza y, a la par, que hemos retrocedido siglos en el amor a la SABIDURÍA perenne, que sigue siendo igual entonces y ahora: la hemos sustituido, en nuestras prioridades, por sucedáneos materiales y por entretenimientos intrascendentes.

No pasemos de prisa por otra referencia histórica. Admitamos esta digresión. Nuevamente hallamos una prueba de discontinuidad ―una quiebra profunda― en la línea del progreso cultural de la humanidad. La filosofía de Aristóteles no encontró continuadores inmediatos que llegasen a comprender la cumbre de SABIDURÍA alcanzada en la Metafísica aristotélica o en teoría hilemórfica. Con agudeza señalaba Chesterton: “La mediocridad consiste, posiblemente, en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”. A la muerte de Aristóteles se produce un larguísimo olvido que dura dieciséis siglos. Hasta que Tomás de Aquino descubre el tesoro de SABIDURÍA olvidado y lo abrillanta con luz imperecedera. Como un poderoso atleta, el Aquinate recogió el testigo del griego y prolongó la carrera con el empuje de un gigante.

Como ilustraciones de lo que supone preferir la apariencia a la esencia, el cambio a lo permanente, lo particular a lo universal, pueden servirnos unas figuras: recordemos, por ejemplo, la del niño pequeño que escoge un sonajero vistoso y de color llamativo (lo aparente e inmediato) y desdeña un cheque de un millón de dólares (bien superior, pero cuyo valor rebasa la comprensión meramente sensible).

El agricultor tiene una experiencia cercana de las diversas fases por las que atraviesa una planta; sabe perfectamente que esas fases no son realidades autónomas, sino etapas en la vida de un mismo organismo vegetal. La semilla introducida en la tierra extiende sus raíces. La humedad y el abono contribuyen al desarrollo de la planta y, finalmente, a favorecer la última de las fases de su evolución, la de los frutos. Los cambios operados en una misma planta son manifestaciones diversas de la vitalidad ―de la realidad― de una planta concreta; son expresión, asimismo, de que ahí ―debajo de las apariencias cambiantes― hay una sustancia que permanece en los cambios.

Fijarse sólo en lo aparente y cambiante, con olvido de lo sustancial, es limitarse a un conocimiento superficial, epidérmico y falso de la realidad… y del arte. El accidente remite siempre a una sustancia; y en arte, las formas aparentes, o son vehículo para adentrarnos en el misterio intrínseco a la realidad (que descubre el artista según las modalidades de verdad, de bien o de belleza), o serán sólo cáscaras vacías, adornos intrascendentes, en el mejor de los casos.

La búsqueda de la verdad, en filosofía, es análoga a la búsqueda de la belleza en arte. Esta belleza artística no es un simple adorno externo o una mera apariencia agradable, sino que remite ―al espectador de la obra de arte― al misterio presente en todo lo que existe. El misterio no es una verdad de la que no podamos saber nada, sino de la que no podemos saber todo, porque supera nuestra limitada capacidad de conocer. “Cuando perdemos el sentido del misterio, la vida no es más que una vela apagada” (Albert Einstein). Anteriormente ya había dicho Sófocles: “Muchas son las cosas misteriosas, pero nada tan misterioso como el hombre”.

La auténtica belleza artística suscita estupor, asombro, admiración, una saludable sacudida ―decía Platón―, precisamente porque enfrenta al espectador de la obra de arte con el misterio. El contemplador de la obra de arte se encuentra como un niño pasmado y gozoso ante una maravilla… “La filosofía y la poesía (el arte en general) tienen de común que ambas debe enfrentarse a lo maravilloso” ―a lo que asombra, al misterio de la realidad― (Tomás de Aquino).

La realidad se presenta al conocimiento humano bajo tres posibles formas: verdad, bien y belleza (son llamadas en filosofía los trascendentales del ser). El arte tiende un puente entre la belleza y la verdad (y el bien). La belleza artística es, por tanto, el esplendor plástico, la irradiación sensible (materializada en colores, luces, sombras, líneas, volúmenes, texturas, o en sonidos musicales) de la verdad y del bien; es mostrar de una manera visual, palpable o sonora, esa maravilla que deslumbra al hombre contemplativo.

Sólo el arte auténtico es propiamente un icono del ser humano: material y espiritual a la vez. Si faltase esa impronta del espíritu (que es el que permite al hombre ―único ser entre todos los del universo, que puede hacerlo― acceder al conocimiento profundo de la realidad, y no sólo a la percepción epidérmica de las cosas), en vez de arte tendríamos meros objetos materiales, enteramente cosificados, quizá decorativos y agradables a la vista, pero que serían simples adornos intrascendentes… como pueden serlo un bolso, unos zapatos bonitos, un coche vistoso. El arte requiere ¡algo más!

La pasión por las formas nuevas, aunque éstas poco o nada signifiquen, que caracteriza al arte moderno y al llamado arte contemporáneo, fue haciendo perder el nexo natural entre la belleza artística y esa verdad y bien inabarcables, presentes en la realidad. Por consiguiente, esas formas nuevas en la mayoría de los casos ya no suscitaban ―en el espectador― la admiración, el asombro, el pasmo… propios de la auténtica belleza artística. En tal situación, los artífices fueron corrompiendo, desnaturalizando el hecho artístico, y recurrieron a efectos bastardos, a artimañas que provocasen sorpresa en el espectador, tales como extravagancias de cualquier tipo y provocaciones extra-artísticas (suplantaciones de la belleza artística, que sustituyen el natural asombro por la artificial sorpresa). También en esto se copia la fábula El vestido nuevo del emperador. El cansancio del rey hacia los buenos vestidos, confeccionados a base de púrpura, de lino y de seda, fue explotado astutamente por unos sastres truhanes que le ofrecieron un vestido nuevo, “invisible para los necios”.

El amor a la verdad, al bien y a la belleza fue generador ―desde la Grecia clásica― de la civilización occidental, la máxima expresión de sabiduría, de arte, de ciencia y de cultivo del espíritu que el ser humano haya conocido jamás a lo largo de la historia. El cansancio, la fatiga en ese amor ―que da la medida de la vida según el espíritu― es la acedia: el hombre abdica de su dignidad, de su vocación espiritual y se queda en el nivel más ramplón, en el prosaico vegetar o en un vivir de un modo casi irracional.

La actitud artística de J. S. Bach es aleccionadora respecto al remedio que necesitamos, en esta situación histórica, para levantarnos de la decadencia espiritual en la que estamos sumidos y salvar al arte de su agonía. Bach hace una síntesis, una summa, de varios siglos de cultura europea; todas las conquistas musicales contemporáneas suyas y también las anteriores tienen cabida en su música. Él no desprecia nada valioso (justo lo contrario de la ruptura y transgresión, postulados del “arte contemporáneo”). Johann Sebastian Bach no pretende ser “original”, sino llevar la música a la máxima belleza; es humilde y es sabio; lo mueve el amor a la sabiduría… tanto como a Sócrates, Platón y Aristóteles, filósofos; pues eso significa filosofía: amor a la sabiduría. Y ya hemos leído la cita de Tomás de Aquino que equipara filosofía con poesía (o arte) en esa apertura cognoscitiva del hombre al misterio de la realidad.

Todas las formas abstractas de la música instrumental adquieren, principalmente en la música vocal de J. S. Bach, plenitud de significación. Los aspectos musicales no están cerrados en sí mismos; son efectivamente significantes; transparentan el significado del texto, son su esplendor sensible, su irradiación esplendorosa en forma de sonidos.

En el escrito titulado Posibles causas de la situación actual, contenido en www.jrtrigo.es, se halla el párrafo siguiente:

En el acercamiento a la belleza nuestra cultura acusa una distorsión: se queda, tantas veces, en la pura belleza efímera y aparente, incapaz de remitir a algo trascendente. Es el triunfo de un esteticismo que busca los aspectos plásticos divorciados o al margen de la verdad y del bien, de los cuales la belleza podría ser su esplendor, su irradiación…; la verdad, el bien y la belleza forman una trinidad que no deberíamos separar; son los tres trascendentales del ser (así llamados en filosofía): formas diversas de presentarse la realidad a nuestro conocimiento. Si el icono nos remite a una belleza, a una verdad, a un bien que trascienden la materialidad de tal obra artística, las propuestas artísticas de nuestra época son más bien ídolos, que no remiten a nada. El medio ha sustituido al fin.

Con la desviación achacable en parte al arte moderno y exacerbada por el mal llamado arte contemporáneo hemos asistido a un proceso de deconstrucción del Arte. Análogamente a como los bárbaros invasores arrasaron la cultura del Imperio romano en los primeros siglos de nuestra era, un progresismo adolescente y nihilista en nuestros días ―cifrado en la ruptura y en la transgresión― ha deconstruido en poco tiempo la civilización occidental (la máxima expresión de sabiduría, de arte, de ciencia y de cultivo del espíritu que el ser humano haya conocido jamás a lo largo de la historia), ardua conquista de siglos sumando esfuerzos y descubrimientos individuales y colectivos, esplendoroso patrimonio al servicio de la verdad, del bien y de la belleza, con valor universal e imperecedero.

Tras la deconstrucción (que vacía, deshace, priva a los actos de su significado, al desgajarlos de su contexto natural) es perentoria ahora (en esta época de pasotismo, aunque pomposamente denominada “Era de la Posverdad”; cuando muchos prefieren vivir en una “realidad paralela” o alternativa) una tarea de CONSTRUCCIÓN dentro del orden natural que redescubra la senda perdida en el bosque, el sentido primigenio, genuino y natural del ARTE, oculto por la maleza de tanta confusión ideológica y por el ensordecedor ruido mediático. Recordemos que ésa fue la gran empresa europea realizada, en la Alta Edad Media, después de la invasión bárbara.

“Educar es enseñar a alguien a vivir como persona. Educar es seducir con los valores que no pasan de moda. Educar a una persona es introducirla en la realidad con amor y conocimiento. Porque la moral es el arte de vivir con dignidad. La ética es el arte de usar de forma correcta la libertad” (Enrique Rojas). El valor del asombro deberá ser nuestro mentor en la tarea de reconstrucción cultural. “Enseñar a desear lo deseable”: he ahí el fin de la educación (sabio consejo del filósofo Platón) que, formulado a la inversa, es: “Nadie tiene bastante de lo que en realidad no desea” (nadie tiene suficiente de lo que no valora), equivalente ―a su vez― a la frase del poeta Antonio Machado “Desprecian lo que ignoran”. Educar es potenciar el deseo, el asombro por la verdad, la bondad y la belleza. Podríamos resumir diciendo que la clave de la educación es suscitar el deseo de la verdad, de la bondad y de la belleza, sí, pero también descubriendo al tiempo que estos trascendentales del ser ―estas formas de presentarse la realidad a nosotros, seres humanos― son atractivos en grado sumo… precisamente porque hemos sido hechos para encontrar en la verdad, en el bien y en la belleza nuestra “realización”, perfección o plenitud. Como garantía de no adulteración y como prudente medida para no caer seducidos en el autoengaño, conviene no buscar separadamente la verdad, la bondad o la belleza, una al margen de las otras dos, ni tampoco interpretar de un modo parcial algún aspecto de ellas sin relacionarlo con el contexto global, sin comprenderlo en armonía con el cosmos. Así, el me apetece es buscar un bienestar a cortísimo plazo, para ahora mismo; pero, cuando quiero, pongo objetivos más largos, más duraderos. Conviene que aprendamos a conjugar el apetecer con el querer, el bien particular con el universal y permanente. Evitaremos así caer atrapados por el engaño, por la gula. El buen educador potencia, en efecto, la curiosidad, el asombro y el amor perseverante hacia los bienes imperecederos. Educar, pues, es enseñar a valorar lo importante.

El lector del texto Una renovación diferente quizá esboce una sonrisa socarrona y piense: ¡Éste ―refiriéndose a mí― parece equiparar su pintura a la música de J. S. Bach!… En el apartado 7. Citas de varios autores ―perteneciente a ese texto― hallamos una cita del gran Miguel Ángel Buonarroti: «El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la consigamos».

Prolongar la deriva decadente y destructora del “arte contemporáneo” es conseguir la más baja de las metas. Yo me identifico con el artífice que aspira a la belleza trascendente (irradiación o esplendor de la verdad y del bien), al arte que signifique (que no se limite a decorar) y, si es posible, a unos cuadros plenos de significación y belleza. Invito a los escépticos socarrones a que entren en www.jrtrigo.es y, además de ver las fotos de cuadros que se ofrecen en esa web, vean y lean los comentarios y los análisis que acompañan ―en la web― a los cuadros… Juzguen después si mi pintura alcanza o no esa meta de arte auténtico, profundo y, sin embargo, con empatía hacia la gente normal (esa que no ha perdido todavía la sensibilidad artística y el sentido común). Pero, por favor, no hagan como aquellos a los que se refería el poeta Antonio Machado con estas palabras: “Desprecian lo que ignoran”.

Al final del texto Mi pintura, contenido en www.jrtrigo.es, podemos leer:

Mi pintura puede contribuir a poner, a algunos o a muchos, delante del misterio del orden natural. Eso que tantos consideran obvio y perciben de un modo rutinario y superficial, debe entrar en crisis siempre que un espectador se enfrente a uno de mis cuadros; esas formas de conocimiento prosaicas, falseadas por la trivialidad y el tópico, deben experimentar un vuelco, y abrirse al asombro y a la contemplación, cada vez que una persona sea interpelada por mi pintura.

Johann Sebastian Bach fue un gran pedagogo. El clave bien temperado es el mayor tratado de la historia de la música que une teoría y práctica, con una propuesta sistemática acerca del modo correcto de tañer o tocar un instrumento musical de tecla. Importantes músicos, como Beethoven, Schumann, Chopin, bebieron en ese magisterio. La labor didáctica que acompaña a mi pintura, en forma de comentarios, análisis geométricos y textos más o menos largos, contribuye a facilitar al espectador la comprensión del arte en esta época de confusión. El sesgo del arte moderno, dirigido a la búsqueda de formas nuevas, a la novedad aparente, exacerbado por el afán de ruptura y de transgresión que informan el mal llamado “arte contemporáneo”, han malacostumbrado al espectador a juzgar el arte según ese prejuicio. Conviene, pues, ilustrar de un modo teórico y también práctico que el arte no es principalmente eso, tal como lo demuestra la música de Johann Sebastian Bach (quien renunció en muchos casos a cambiar la apariencia de las formas musicales).

 

1  https://divulgarlahelade.wordpress.com/2013/04/18/el-siglo-de-oro-de-la-cultura-griega/

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