Mi obra pictórica se concibe como una renovación desde la continuidad con la cultura europea y universal; en claro contraste, pues, con ese progresismo adolescente y nihilista de nuestra historia cercana, que ha pretendido la discontinuidad y la ruptura, no sólo en el arte, sino también en la religión, la moral y las costumbres, bajo el falso mito del progreso indefinido e irreversible, según el cual todo lo último mejora siempre lo anterior —lo que justifica cualquier cambio y novedad—, y su consecuencia más demoledora: el rechazo de los valores intemporales, permanentes, por el irracional motivo de que ya “no son modernos”.
En los textos de la web www.jrtrigo.es se analizan con cierta amplitud, aunque de un modo sencillo, asequible a muchos, estas cuestiones cruciales de nuestra época.
Johann Sebastian Bach demostró que es posible hacer Arte —con mayúscula— sin apenas cambiar la apariencia de las formas musicales. Su música, tan tradicional en algunos aspectos —es como la summa artística de varios siglos de cultura europea—, resulta asombrosamente moderna en el siglo XXI. Todo lo contrario del afán de novedades aparentes, propio del siglo XX y de nuestros días, que proclama la ruptura con la tradición —o sea, la negación del sustrato cultural— con la “euforia” de la hoja que se desprende del árbol y emprende el propio “vuelo”: ¡ya soy autónoma!
Sabemos por experiencia que el verdadero progreso requiere, de ordinario, suma, convergencia de aportaciones y esfuerzos, más que la negación y el rechazo, que —como la hoja “liberada” de la rama— tienen frecuentemente un corto recorrido. Así, ahora podemos ver qué pronto han concluido algunas carreras rupturistas y “negacionistas” de un arte cifrado sólo en el logro de la novedad aparente: en poco tiempo han llegado a las fronteras de lo que no es arte: extravagancias ruidosas, provocaciones extra-artísticas, “amateurismo” propio de principiantes sin oficio, consideración de objetos más o menos decorativos como si fueran realizaciones de arte supremo, nihilismo de obras que niegan más que afirman…
Siguiendo con el símil botánico, el desarrollo de un árbol es proporcional a la profundidad de sus raíces… entendiendo la profundidad no sólo como pervivencia del precioso acervo cultural, laborado durante siglos, sino como ahondamiento en el misterio de la realidad inabarcable, conocida por el hombre en sus formas de verdad, bien y belleza. Son los descubrimientos de ese orden natural, guardado en el cosmos desde un tiempo inmemorial, lo que hace avanzar cualquier manifestación de la cultura, tanto en los ámbitos científico y tecnológico como en el filosófico y el artístico.
La historia nos da lecciones que deberíamos aprender. La música de J. S. Bach (el cual, como he dicho, renunció en muchos casos a cambiar la apariencia de las formas musicales) tal vez sea juzgada por los defensores a ultranza de lo “nuevo” (esos que limitan su percepción de la novedad a las apariencias) como carente de esa cualidad; por tanto, según este criterio, Bach no fue un renovador.
Recojo aquí, sin embargo, unas citas (cfr. http://www.muscaria.com/bach.htm). Juzgue usted mismo.
En su tiempo Bach fue un reconocido y prestigioso organista, tanto por su habilidad en el teclado como por el virtuosismo en la improvisación; pero como compositor no obtuvo quizás tanto renombre, siendo olvidados sus trabajos poco después de su fallecimiento (año 1750).
Conviene advertir que en esa época se produjo un cambio de tendencias musicales: se pasó de una forma de componer basada en el contrapunto, o sea, en la polifonía vocal o instrumental (cuyo máximo exponente es la música de J. S. Bach) a la melodía acompañada de acordes (que décadas después dio lugar, por ejemplo, a las grandes obras orquestales de música sinfónica).
Fue el segundo de los hijos de J. S. Bach, Carl Philipp Emanuel, quien tuvo la paciencia, el entendimiento y la pasión de copiar, editar y salvar del olvido un gran número de las composiciones de su padre, que habían sido apartadas del repertorio de obras de la época, por ser consideradas anticuadas y poco creativas.
A esta opinión podría contraponerse la percepción de Mozart, que encontrándose de viaje en Leipzig pudo escuchar uno de los motetes de Bach y, arrodillándose para contemplar las partituras que habían extendido delante él, se quedó extasiado y no se levantó hasta haber recorrido con su mirada todas y cada una de las líneas de las voces de esa composición musical, exclamando finalmente: “¡Por fin encuentro algo nuevo e interesante, de lo que puedo aprender!”.
“Al oír la música de Bach tengo la sensación de que la eterna armonía habla consigo misma, como debe de haber sucedido en el seno de Dios poco antes de la creación del mundo” (Johann Wolfgang Goethe).
“Mozart nos dice lo que es un ser humano, Beethoven nos dice lo que se siente al ser Beethoven y Bach nos dice lo que se siente al ser el universo” (Douglas Adams).
“Esta semana he ido a escuchar tres veces la Pasión según san Mateo del divino Bach, y en cada una de ellas con el mismo sentimiento de máxima admiración. Una persona que —como yo— ha olvidado completamente el cristianismo no puede evitar oírla como si se tratase de uno de los evangelios” (Friedrich Nietzsche).
“Bach es el padre, nosotros somos los hijos; si alguno de nosotros sabe algo, lo ha aprendido de él” (Wolfgang Amadeus Mozart).
“No es un arroyo ¡sino un océano!” [La palabra Bach, en alemán, significa arroyo] (Ludwig van Beethoven).
“[Bach es] el dios inmortal de la armonía” (Ludwig van Beethoven).
“Solamente hay un músico de quien los demás podríamos aprender algo nuevo: Johann Sebastian Bach” (Robert Schumann).
“La música le debe tanto [a Bach] como la religión a su fundador” (Robert Schumann).
“Comparados con él [Bach], todos somos unos aficionados” (Robert Schumann).
“¡Practica con empeño las fugas de los grandes maestros! El clave bien temperado debe ser tu pan de cada día” (Robert Schumann).
“Estudio a Bach: ahí se encuentra todo” (Johannes Brahms).
“La chacona BWV 1004 es, en mi opinión, una de las más maravillosas y misteriosas obras de la historia de la música. Adaptando la técnica a un pequeño instrumento, un hombre describe un completo mundo con los pensamientos más profundos y los sentimientos más poderosos. Si yo pudiese imaginarme a mí mismo escribiendo, o incluso concibiendo tal obra, estoy seguro de que la excitación extrema y la tensión emocional me volverían loco” (Johannes Brahms, en una carta a Clara Schumann).
[Bach es] “El milagro más estupendo de toda la música” (Richard Wagner).
“¡Oh hijos felices del norte que han sido educados en Bach, cómo los envidio!” (Giuseppe Verdi).
“Es el amado Dios de la música, a quien todos los compositores deberían elevar una oración antes de ponerse a trabajar” (Claude Debussy).
“El principio y el fin de toda la música” (Max Reger).
“Lo que Newton fue como científico, Bach lo fue como músico” (C. F. Daniel Schubart, s. XVIII).
“¡Si Bach no está en el Cielo, no iré yo!” (William F. Buckley).
“Despojar la naturaleza humana hasta que estén claros sus atributos divinos, imbuir las actividades ordinarias con un fervor espiritual, dar alas de eternidad a lo más efímero; hacer humanas las cosas divinas y divinas las cosashumanas: así es Bach; en la música, el momento más grande y más puro de todos los tiempos” (Pablo Casals).
“Johann Sebastian Bach es el sumo compositor entre los compositores. Influenció a innumerables seguidores: de Mozart a Mendelssohn, de Beethoven a Brahms… Y no sólo en la Música Clásica. Desde Duke Ellington hasta The Beatles, músicos de Jazz y Pop han caído bajo su hechizo y aprendido sus técnicas. Bach sigue siendo el punto de referencia, el estándar de oro de la Música” (John Eliot Gardiner).
En los textos de www.jrtrigo.es he recurrido asiduamente a Johann Sebastian Bach como a un modelo de artista que puede orientarnos en la actual encrucijada histórica. A quienes tienen un encuentro singular o bien un encuentro superficial con alguna de sus obras, la música de Johann Sebastian Bach podría parecerles un arte simplemente anclado en una época determinada, circunscrito al final del barroco, y nada más. Es el conocimiento amplio de sus obras el que nos va revelando su dimensión profunda, su trascendencia intemporal que alcanza hasta nuestros días.
Individualmente consideradas, las obras de J. S. Bach podrían no resultar plenamente convincentes para un escéptico. Pero abarcadas en su conjunto constituyen un argumento acumulativo revelador, como pocos, de una belleza artística sublime y empática, comunicativa.
De modo análogo, puedo decir que mis cuadros individualmente no están concebidos para alardear con una apariencia escandalosa, rompedora, transgresora (adjetivos muy en boca de muchos)… Porque, más que romper y derruir la cultura occidental, suman ―o lo intentan―, construyen, edifican en el orden, nos interpelan sacudiendo tópicos y rutinas, percepciones superficiales; nos enfrentan al misterio presente en todo lo que existe… y esto sin “ruido”, sin espectacularidad de relumbrón, sin algaradas. Es necesario verlos en su conjunto para comprender la novedad más profunda que aportan; sólo así se podrá apreciar su singularidad, su excepcionalidad en los tiempos que corren.
Por ello, no me enorgulleceré ―en aras de una moda rompedora o transgresora― de hincar la piqueta para derribar el espléndido edificio de la cultura occidental, la máxima expresión de sabiduría, de ciencia, de arte y de cultivo del espíritu, que el ser humano haya alcanzado jamás a lo largo de la historia. Si acaso, me encontrarán luchando contra la banalidad y la impostura… ayudando a mis contemporáneos a descubrir la dimensión profunda de las cosas: su misterio… Pues ahí, en ese descubrimiento, radica la novedad intemporal del arte, de la poesía, de la música… y de todo el humano saber.
Un arte limitado a la novedad aparente ―como el que se nos impone de forma orquestada desde las instituciones contemporáneas― es un sucedáneo, una imitación pobre o un género menor del arte auténtico, que es el que descubre ―por medio de la belleza― el misterio albergado en la verdad y en el bien (verdad, bien y belleza son trascendentales del ser, formas diversas de presentarse la realidad a nuestro conocimiento).
La moda del afán de novedades ―propia del siglo XX y principios del XXI―, asociada a la pretensión de ruptura y de transgresión aplicadas contra el valiosísimo patrimonio de la civilización occidental, sería algo marginal (por lo disparatado) si no fuera impuesta de forma totalitaria desde las instituciones supuestamente artísticas contemporáneas. Acerca del paradójico triunfo de lo irracional sobre lo racional Albert Einstein ironizaba de esta manera: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana… Y de lo primero no estoy seguro”.
“En la profundidad de la naturaleza hay cosas que sólo ese pescador de perlas ha descubierto” (Eugène Fromentin).
Puede ser oportuno recordar, también aquí, una cita de Gustave Thibon: “Hay infinitamente menos novedad en las rápidas cabriolas de la moda, que en el esfuerzo lento y continuo hacia la perfección, propio del verdadero estilo”.
“Todo lo que es moda pasa de moda»…»La moda pasa de moda; el estilo, jamás” (Gabriele Bonheur Coco Chanel).
Si la unidad y la diversidad son características ineludibles de toda obra artística, el estilo es la unidad y la diversidad en un contexto más amplio: el que abarca un buen número de obras de un artista o su producción entera. La coherencia de un autor mostrada en el curso de sus obras hace más comprensible, a los ojos del espectador, su lenguaje plástico: potencia el valor significante del mismo (con lo cual los símbolos se esclarecen); lo aquilata, purificándolo de gangas perturbadoras y de adherencias extrañas; extiende la unidad “orgánica” de la obra artística individual a una especie de unidad de vida del artífice, reflejada o registrada en una evolución igualmente “orgánica”… Como el árbol, que muda de aspecto con el paso de las estaciones, pero en todo momento los diversos accidentes (le brotan las hojas verdes; florecimiento; se colma de frutos; conversión colorística en tonos amarillos, ocres y rojizos; pérdida del follaje) son expresión multiforme de una misma sustancia viva; las apariencias que mudan exteriorizan visiblemente el prodigio de la vida ―radicado en un ser determinado, un árbol― y nos remiten a lo permanente, origen causal de los cambios. Las mutaciones no resultan inconexas y arbitrarias, sino “orgánicamente” evolutivas y clarificadoras, preñadas de sentido: tal y como sucede en todo el desarrollo unitario de un ser vivo.
Sucede a veces, ante determinadas obras artísticas, que es el espectador, el lector, el oyente, el que no está habituado a ellas y necesita pasar por un proceso de conversión (“un cambio de chip”; una mudanza en su actitud, en su mentalidad; un modo nuevo de comprender) hasta acceder a la contemplación gozosa de su misterio.
En este mismo texto nos hemos referido, ya, al olvido absoluto en que cayó la música de J. S. Bach después de su muerte. Durante cincuenta años decir Bach no era sinónimo de Johann Sebastian Bach, sino de Carl Philipp Emanuel Bach, el segundo de sus hijos, también músico. ¿Cómo es posible que ahora, sin embargo, la música de J. S. Bach tenga una consideración suprema (sólo la de Mozart y la de Beethoven resisten la comparación con la suya)? El cambio no se ha producido en su música ―compuesta en los siglos XVII y XVIII―, sino en la actitud receptiva, en el modo de apreciarla de los que la escuchan. Esto prueba que los gustos de una época, las modas, pueden entorpecer la sana comprensión del arte verdadero. La siguiente anécdota (tomada del texto Mi pintura y perteneciente a www.jrtrigo.es) ilustra con otro hecho histórico estas mismas ideas:
Las modas polarizan la atención de sus seguidores en una determinada dirección y causan ceguera o sordera en las demás áreas. Debido a que estaban imbuidos de gustos románticos, muchos melómanos de principios del siglo XX eran incapaces de encontrar arte en las Suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach. Pablo Casals intuyó que él podría mostrar al mundo que esas obras, que eran tenidas por simples ejercicios didácticos para que el ejecutante, cultivándolos, llegase al dominio del instrumento musical, eran en realidad obras maestras. Así, durante diez años ensayó la interpretación de las seis Suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach, al cabo de los cuales las presentó en París. Para atreverse a tocarlas en Viena, donde según Casals residía el público más entendido en música de todo el mundo, empleó otros diez años más de ensayos. Cuando llegó el día de mostrar en Viena esas obras, sucedió que a Casals, quizá nervioso, se le escapó el arco de las manos y voló hasta el patio de butacas. El público no se rió, mantuvo un silencio absoluto. Esa actitud tan educada y comprensiva infundió serenidad a Casals que, ya seguro, desarrolló la interpretación más prodigiosa que jamás se había oído en Viena de esas obras de Bach, consideradas desde entonces como la cumbre de la literatura musical para violonchelo solo de todos los tiempos.
“Todo lo que se recibe, a la medida del recipiente es recibido”. El mismo líquido, introducido en una botella, en una jarra o en una tartera, toma la forma del recipiente. Dos personas enfrentadas a la misma obra de arte pueden reaccionar de maneras muy diferentes. Ante el segundo movimiento del Quinteto para cuerdas en do mayor op. 163, de Franz Schubert, una dirá que se trata del movimiento lento más emocionante de toda la música de cámara; la otra quizá diga que el único movimiento lento que le fascina es el chachachá… Un refrán justifica tan paradójico contraste de actitudes, diciendo: “No se hizo la miel para la boca del asno”.
En una visión superficial, podría considerarse la obra literaria El Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, como una más entre los libros de caballerías. Si éstos constituían un género de aventuras y entretenimiento, El Quijote ―según una consideración epidérmica― “continúa esa misma línea ligera, corroborada por el tono burlesco del relato”… Pero ¡cómo cambia la comprensión de esa obra cuando se la conoce en profundidad! La apariencia ligera se convierte en sabiduría multisecular; el aire jocoso no es mofa cruel y despiadada, sino lección amenísima, muy alejada de una seriedad plúmbea y tediosa; su gozosa lectura se paladea en dos planos, el inmediato o anecdótico y otro más exigente, que requiere del lector reflexión, juicio, discernimiento…; las gestas fantasiosas y exteriores de otros héroes, concebidos a modo de superhombres quizá fatuos y engreídos, se transforman en un protagonista más humano, Don Quijote, con limitaciones innegables y desmañado hasta el ridículo, pero grande en sus ideales y en su amor a la virtud, dispuesto siempre a profesar el noble oficio de caballero, con olvido de sí mismo y sin otro propósito que el de extender el bien por doquier.
Aristóteles decía que el efecto de convicción en los oyentes que resulta de un discurso depende principalmente de tres aspectos: del “ethos” o autoridad y prestigio del orador; del “logos” o racionalidad de la exposición; y del “pathos” o grado de apasionamiento o temblor vital que le imprima el conferenciante. Según Chesterton, Jesucristo profetizó el arte gótico cuando dijo: “Si éstos callan, gritarán las piedras” (Lucas 19,40). El arte gótico, la pintura de El Greco, la música de Beethoven y la pintura de Vicent van Gogh son extremadamente apasionados; pero esa característica no les quita valor. Más bien podemos afirmar que el amor apasionado es más perfecto, más propiamente humano. Sin embargo, en esta época nuestra, tan relativista y escéptica, a muchos les resulta poco atractiva la figura de la persona apasionada por la verdad, el bien y la belleza; recelan de ella; se ponen en guardia, como ante un peligro, frente a un hombre vertebrado por la certeza y la virtud (amor abnegado, descentrado de egolatría). El cine nos ha ofrecido frecuentemente, como protagonista común de muchas películas, un tipo frío y calculador, supuestamente inteligente, impasible, que no se conmueve por nada y menos por nadie (al final descubrimos que su aparente estoicismo es la armadura de un egoísta que sólo se mueve por el propio interés). El contraste de este “héroe” del cine es máximo comparado con la magnanimidad de Don Quijote, al que no le importa comprometerse en el servicio del bien, hacer realidad sus ideales, aunque salga malparado en sus empresas.
Es así ―comprendiéndolo de esta manera― como resplandece esta maravilla que es El Quijote, una de las obras literarias cumbre de la historia; invento de la “novela moderna” y de la “novela polifónica”; de enorme influjo en toda la narrativa europea posterior.
«Precisamente Shakespeare, grande entre los grandes, aborda de forma insuperable la problemática de la conciencia (definida por Sócrates y Confucio como “luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal”). Hemos oído que su genialidad radica sobre todo en su estilo, no en los personajes ni en los argumentos; que es el enorme brío de sus textos, la increíble fuerza de sus imágenes y metáforas, la elevación y nobleza de su expresión, lo que hace que sus obras sigan vivas, pujantes, inmortales.
»Chesterton discrepa. Le parece compatible ser brillante y superficial, tener tanta técnica como verborrea. Piensa que para estar entre los grandes no basta el dominio perfecto del lenguaje, porque la misión de la palabra ―muy por encima de la brillantez, del colorido, del mero sonar bien― es comunicar, transmitir, interpretar la realidad. […] En la conducta de Macbeth y su mujer, que obran fríamente contra su conciencia, Chesterton descubre la inversión de valores propuesta por Nietzsche. Ese vuelco de la valoración moral lo formulan de forma insuperable las brujas que engañan al protagonista: “Lo hermoso es feo, y lo feo es hermoso”…»1
Una valoración de las obras artísticas que se limite a la primera impresión que el lector o espectador recibe de ellas; al cambio aparente que percibe, con relación a otras obras de su género… tal y como hacen quienes se dejan llevar de la moda del afán de novedades aparentes en nuestros días, incapacita para comprender debidamente El Quijote y el arte verdadero en general. La belleza de ordinario se ofrece en varios estratos; quienes se contentan con las impresiones agradables pero epidérmicas, pierden la sustancia de las obras maestras del arte y no encuentran en ellas la permanente novedad que resiste el paso de los siglos.
En línea con los símiles botánicos empleados al inicio de este texto, podría servirnos como ilustración la imagen siguiente.
La civilización occidental es como un árbol frondoso y muy desarrollado con innumerables ramas. Una de ellas, la música de J. S. Bach; otra, la literatura de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare (a las cuales me he referido en este escrito)… Existe una gran diversidad entre las ramas; así, entre la pintura de Eugène Delacroix y la de los pintores “impresionistas” las diferencias son notables; tanto que contemporáneos de Vincent van Gogh ―probablemente admiradores del arte romántico y de gran despliegue histórico, como el de Delacroix―, calificaron de “birrias” sus cuadros (cf. el texto Pintura intemporal y “arte contemporáneo”, contenido en www.jrtrigo.es). Sin embargo, la pintura de los “impresionistas” y de los “postimpresionistas” ―como Van Gogh y Cézanne― no se entiende como un simple rechazo o negación de otros estilos pictóricos. El dominio técnico de estos pintores, el sentido del color, la intuición que les lleva a recrear de un modo intemporal lo inefable de la naturaleza, la complejidad y belleza trascendente de sus cuadros es tal, que su arte resiste perfectamente la comparación con el de Delacroix y de otros grandes de la pintura universal. Mi producción pictórica sería una rama más, nacida del tronco común de esa espléndida civilización multisecular.
Principalmente a partir del momento ―año 1917― en que Marcel Duchamp presentó en una exposición de arte moderno un urinario titulándolo Fountain ―La Fuente―, y la obra fue considerada como “un hito importante en el arte del siglo XX”, la ruptura y la transgresión se constituyeron en los postulados intrínsecos del llamado “arte contemporáneo”, asumidos por muchos y ―lo que es peor― impuestos a los demás de forma totalitaria desde las instituciones artísticas. A partir de ese momento la evolución histórica del arte entró en caída libre (como la hoja desprendida del árbol).
Respecto a la máxima expresión de sabiduría, de ciencia, de arte y de cultivo del espíritu, que es la civilización occidental, la ruptura y la transgresión significaron hachazos descargados sin piedad, y con la trepidación de una ametralladora, contra el árbol multisecular y frondosísimo de nuestra cultura, bajo el lema de la exaltación de la modernidad y del progreso. Muchos de los hitos de este “progreso artístico” fueron amputaciones lastimosas, que nos venden (¡y de qué manera!) lo informe ―el nihilismo― y lo simplemente decorativo ―la carencia de belleza trascendente― como apoteosis de arte supremo. Cuando la decadencia, la ruina y la vaciedad de contenido son tomadas como las expresiones del progreso y de la cultura, el rey desnudo se pasea ufano por salas y museos contemporáneos… mientras los sastres truhanes se carcajean de los incuatos (cf. la fábula o cuento El vestido nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen).
Sin apartarnos de los símiles botánicos, otras veces los “dogmas” del llamado “arte contemporáneo” ―la ruptura y la transgresión― entraron como una enfermedad oculta en el árbol de la civilización occidental. La carrera ansiosa por inventar el futuro condujo, en arte, a una secuencia de “innovaciones” empobrecedoras, equiparables a la pérdida de flores, de frutos, de hojas, al agostamiento de las ramas… y, finalmente, a la exaltación de lo informe, de lo irrelevante, de lo banal y de la extravagancia (en realidad, del no-arte) como cumbres innovadoras y progresistas, cuando en realidad nos hallábamos ante la decrepitud y la muerte de la civilización occidental (la máxima expresión de sabiduría, de ciencia, de arte y de cultivo del espíritu, que el ser humano haya alcanzado jamás a lo largo de la historia).
El arte, más que inventar formas nuevas aparentes y modas futuras, es descubrimiento del licor de la sabiduría; el arte es afín a la filosofía, amor a la sabiduría; es inmersión en lo intemporal, que conjuga el pasado, el presente y el futuro. Así son las obras de arte: ¡ventanas abiertas a lo eterno!
Ante un pequeño cuadro de Claude Monet un espectador puede permanecer embelesado durante veinte o treinta minutos… o bien contemplarlo un día y otro sin cansarse. Durante un tiempo similar, ese mismo espectador podría quizá ver decenas de obras del llamado “expresionismo abstracto”… y todavía le sobraría tiempo para aburrirse. ¿Cuál es la diferencia?… El cuadro de Monet ha captado algo de ese misterio presente en la realidad (verdad y bien conocidos, aunque inabarcables por la limitada mente humana): el logos o razón que vertebra toda la realidad y es impronta de la sabiduría del Creador. Los aspectos plásticos de la pintura de Monet no se agotan en sí mismos; son más bien signos, expresión de ese algo inefable y trascendente, presente en la misma naturaleza o Creación, y universalmente válido para todos los hombres, porque también nosotros formamos parte de ella.
En el otro extremo del arte que despierta admiración ante el misterio hallamos bastantes obras cuyos autores reciben la consideración de genios de la pintura del siglo XX y son “cuadros” aparentes, de una vistosidad colorística primaria e infantil y de una arbitrariedad de diseño en las formas que muestra muy a las claras la “mano del artista,” pero esas obras no resisten una contemplación de más de tres minutos. Están más próximas de lo decorativo que de lo propiamente artístico. ¿Dónde está, sin embargo, la “mano del artista” en una obra tan misteriosa y transparente como Las Meninas de Velázquez, capaz de retener maravillado (tanto o más que un cuadro de Monet) a un espectador durante horas?…
Otra anécdota ilustra acerca del asombro que suscita el auténtico arte en un espíritu sensible. En una ocasión el pintor Vincent van Gogh, acompañado por otra persona, visitó el Rijksmuseum o Museo Nacional de Amsterdam. Fascinado ante el cuadro La novia judía de Rembrandt, se detuvo delante de esa pintura y dijo a su acompañante: “Créeme, te lo digo de corazón; daría diez años de mi vida, si pudiera quedarme sentado catorce días delante de este cuadro, comiendo tan sólo pan seco”.
Implícitamente estamos descubriendo algo esencial en el arte: la capacidad de suscitar estupor, admiración extrema. El arte supera ilimitadamente a una moda, aunque en un determinado momento histórico pueda coincidir con ella; tampoco se identifica con la invención de modas futuras; es mucho más que el simple registro de la cultura o de un fenómeno social muy extendido en una región o en el mundo entero… El arte tiene algo inagotable siempre, es válido aunque haya pasado de moda el modo concreto de materializarse en tal obra artística. La fuga y el contrapunto (polifonía) estaban dejando de ser apreciados antes de 1750; las preferencias musicales se desplazaban hacia la melodía acompañada de acordes (un acorde consiste en un conjunto de tres o más notas diferentes que suenan simultáneamente y que constituyen una unidad armónica) sin embargo, El arte de la fuga, obra compuesta por J. S. Bach en aquellos años, es arte colosal válido en cualquier época, actualísimo también en nuestros días, que ha inspirado a lo largo de la historia a los compositores más importantes. Sin la música de J. S. Bach la de Mozart, la de Beethoven, la de Mendelssohn, la de Chopin, la de Schumann, la de Liszt, la de Brahms… no serían como son… ¿Qué fenómeno social causaron las sublimes composiciones de Franz Schubert? La mayoría de sus obras sólo fueron conocidas, en vida del músico, por un pequeño círculo de amigos. Sus últimas sinfonías ―las más importantes― fueron estrenadas cuando el músico ya había fallecido… Cuando Van Gohg pintó sus obras fueron despreciadas por la mayoría de sus contemporáneos; únicamente comprendieron su pintura los pintores “impresionistas”. ¿Qué fenómeno social produjo en el siglo XIX la pintura de Vincent van Gohg? Ninguno. Dicen que tan sólo logró vender un cuadro en toda su vida. Un siglo después, ya en el siglo XX, prácticamente no había dinero en el mundo para poder comprar los cuadros de Van Gogh. El arte de Van Gogh no se incrementó con el paso del siglo XIX al XX; era el mismo desde el origen, desde el momento en que fueron pintados sus cuadros. Está claro que valorar el arte por el fenómeno social que provoca es un error propio de personas que no entienden de arte y necesitan agarrarse a criterios de consenso y a opiniones consensuadas, para protegerse y no arriesgar en sus juicios, porque por sí mismas ellas son incapaces de juzgar con buen criterio. La popularidad o la aceptación social de un músico o de un pintor es algo extrínseco a la calidad artística de sus obras; juzgar la cualidad por la cantidad extrínseca de un fenómeno accidental o circunstancial, que puede darse o no, es como valorar a una persona por los bienes materiales que tiene.
Johannes Brahms y Piotr Ilich Chaikovski, que sí entendían de música, supieron juzgar con acierto la ópera Carmen de Georges Bizet, pese a la desaprobación del público en sus dos primeras puestas en escena. Brahms dijo que se trata de una muy buena ópera. Chaikovski vaticinó que se convertiría en la ópera más popular de la historia, como en efecto está sucediendo.
Reivindico para el auténtico arte (aquel cuya belleza es esplendor, irradiación o transparencia de la verdad, como afirmaba Platón) la dignidad que le corresponde, mancillada actualmente por la confusión del subjetivismo ―o relativismo― y por la impostura de reservar el nombre de arte para objetos simplemente decorativos. Cuando ya todo o cualquier cosa pueden ser considerados “arte”, ya nada es arte. “Si os empeñáis en llamar “margarita” a todas las flores, no habréis conseguido nada más que destruir un hermoso nombre” (Gilbert Keith Chesterton)… El auténtico arte sufre, hoy en día, el agravio comparativo no sólo de ser equiparado a lo simplemente decorativo, sino incluso el de ser relegado, pospuesto y despreciado, porque le han usurpado el nombre ―arte― y lo han asignado en exclusiva a lo decorativo, así como a la extravagancia, a la rareza, a lo informe… ¡al no-arte!
Podemos definir lo decorativo como tener unas gotitas de belleza. La palabra Bach en alemán significa arroyo. Beethoven aseguró que la música de Johann Sebastian Bach no es un arroyo, sino un océano. He ahí la diferencia: la que existe entre unas gotitas y un océano. Enfrentados lo decorativo y el arte, éste representa lo infinito y aquél lo irrisorio o insignificante.
La fábula titulada La cocción de la rana es tan sencilla como descriptiva de nuestro tiempo. Si introdujésemos una rana en una tartera que contiene agua hirviendo, al mínimo contacto con el líquido la rana saltaría fuera de la tartera con agilidad vertiginosa y se pondría a salvo. Si por el contrario, metiésemos la rana dentro de la tartera con agua a temperatura ambiente y muy poco a poco fuésemos calentando el agua, ésta iría pasando de estar tibia a ligeramente templada, a más caliente… Entretanto, la rana se iría amodorrando progresivamente, perdiendo sus naturales reflejos… hasta morir cocida en el agua hirviendo. Los cambios operados en nuestra sociedad son demoledores, “mortales”, suponen la quiebra de los valores de toda una civilización. Si se hubiesen impuesto de golpe, la sociedad hubiera reaccionado con energía, rechazando sin vacilación tanta irracionalidad, barbarie y alienación. Pero los cambios se han aplicado de forma ladina, con artera progresión y con tiempo para que se adormeciesen las conciencias… Así una mayoría de personas, casi sin darse cuenta, se ha acomodado al “agua hirviendo”: ¡a la subversión del orden natural! (han dejado morir en ellas la comprensión y el aprecio de esa gran maravilla que es el orden natural).
En el primer párrafo de este mismo texto ya habíamos leído una referencia al falso mito del progreso indefinido e irreversible, según el cual todo lo último mejora siempre lo anterior ―lo que justifica cualquier cambio y novedad―, y su consecuencia más demoledora: el rechazo de los valores intemporales, permanentes, por el irracional motivo de que ya “no son modernos”. Conviene distinguir para no confundir. Ciertamente a nivel técnico ―en el aspecto del dominio material sobre la naturaleza― la humanidad ha progresado; pero ¿ha habido un mejoramiento, a todos los niveles, en las personas individuales; éstas han crecido armónicamente en todas sus dimensiones, espirituales y materiales? Más bien se percibe un desmoronamiento interno de la historia en esta época, un proceso de auto-demolición en nombre del “progreso”, una estrategia mundial de destrucción del orden, una siembra de confusión, una incapacidad generalizada en muchos para abrirse a lo más digno del hombre, aquello que da la medida de su incomparable dignidad dentro del universo. De hecho, la época moderna se caracteriza porque el individuo se enfrenta a la realidad y, en menor o mayor medida, la rechaza; prefiere vivir en un espejismo ―aunque falso― fabricado por la propia subjetividad, antes que construir su vida sobre la firmeza de la realidad, prodigiosamente inagotable y verdadera. Con inusitada precisión se cumplen hoy unas palabras que contienen gran sabiduría antropológica: “el hombre animal no entiende las cosas del Espíritu, porque son para él necedad; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”.2
Un bebé prefiere un sonajero de sonido y colores llamativos y rechaza un cheque de un millón de dólares. Reducir el arte a la materialidad aparente, a las formas nuevas, como proclaman el arte moderno y el llamado “arte contemporáneo”, es elegir el sonajero y perder el cheque millonario. En los apartados 1 y 2 de este texto ya hemos leído: Johann Sebastian Bach demostró que es posible hacer Arte —con mayúscula— sin apenas cambiar la apariencia de las formas musicales. J. S. Bach renunció en muchos casos a cambiar la apariencia de las formas musicales. El arte, como la fruta, es más que la piel, la monda o la cáscara. La comunicabilidad de una entraña misteriosa; la significación de ese encuentro con la maravilla encerrada en la realidad; la trascendencia que nos remite ―como un puente― a la verdad y al bien inabarcables por nuestra mente limitada; la impronta del espíritu capaz de adentrarse en lo profundo y no circunscribirse a lo epidérmico; la transparencia o irradiación plástica de ese algo que sólo capta el ser humano entre todas las creaturas del universo, son características esenciales del arte. No es éste un postulado quimérico; años de historia lo prueban. La civilización occidental es el más bello ejemplo de la esplendidez del arte auténtico, icono del ser humano, espiritual y material a la vez.
Caperucita finalmente ha llegado a la casa de su querida Abuelita. ¡Ya está a salvo!, piensa ella. Sin embargo la aguarda una sorpresa mayúscula: ¡bajo el vestido de la Abuelita se esconde el Lobo feroz!…
Nos han cambiado el agua de la pecera. El agua salada ―medio natural de unos peces― ha sido reemplaza por agua corriente del grifo. Aparentemente todo sigue igual… ¡pero los peces están a punto de morir!…
El apartado 3. No nos dejemos engañar: el rey desnudo del texto Mi pintura, contenido en www.jrtrigo.es, resumía libremente la fábula o cuento El vestido nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen.
Alguien podría objetar: ¿Hoy en día no proliferan las salas de exposiciones, no se han construido innumerables museos de “arte contemporáneo”? ¿No prueba esto que el arte sigue siendo valorado y mucho? En efecto, esa enumeración describe unos hechos. Con todo, las apariencias pueden resultar engañosas, si son interpretadas equivocadamente. El vestido nuevo del emperador no era más que un nombre, unas palabras que disfrazaban una realidad bien distinta: ¡no era nada, se identificaba con la carencia más absoluta de ropa!
Las salas de exposiciones siguen mostrando más y más “arte contemporáneo”. Cierto; sin embargo no seamos incautos… Los sastres truhanes llamaban vestido nuevo a la desnudez del emperador… ¿A qué llaman “arte contemporáneo” sus promotores?
Recientemente un profesor viajó a otra ciudad, con alumnos de su colegio, para visitar un famoso museo. En una de las salas del museo se exponían determinados objetos… Sorprendido al verlos, el profesor se sintió obligado a preguntar a una azafata o empleada del museo: ¿Estos objetos son lo que parecen? Ella respondió afirmativamente y se puso roja como un tomate. Los tales objetos representaban excrementos humanos agrandados (respecto al tamaño natural). En otra de las salas del mismo museo lo que encontraron fue pura pornografía.
La experiencia del profesor visitando un conocido museo no es algo insólito, sino sólo un botón de muestra de lo que es común a las salas de “arte contemporáneo”. Ya hemos recordado la acogida que tuvo el urinario de Marcel Duchamp, expuesto en 1917 con el título Fountain ―La Fuente― (“la obra de arte más influyente del siglo XX”, se ha enfatizado) y también cómo sabiamente Albert Einstein nos abría los ojos (“Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana… Y de lo primero no estoy seguro”). Es la gran impostura generalizada que ha reemplazado la belleza artística por la extravagancia y la provocación extra-artística o simplemente por lo decorativo (la belleza artística se parece tanto a las segundas como la amable Abuelita al Lobo feroz disfrazado de Abuelita; en muchos casos el “arte contemporáneo” es poco más que un nombre, un vestido nuevo que enmascara o disfraza carencia e impostura a la par: nos han cambiado la natural belleza artística por la artificial extravagancia y provocación extra-artística). Estamos asistiendo, en realidad, a un proceso de desnaturalización progresiva del hecho artístico.
No es casual, además, el cúmulo de semejanzas existente entre el despojamiento de los ropajes al mismísimo emperador (máxima autoridad civil), con la argucia de ponerle un vestido nuevo invisible que sólo verían los inteligentes, y la ruptura y la transgresión aplicadas contra la civilización occidental (máxima expresión de la cultura multisecular), en aras de esa novedad idolatrada a la que los esnobs ―los modernos “inteligentes”― llaman “arte contemporáneo”. El lobo feroz disfrazado de Abuelita: he aquí otra imagen perfecta del “arte contemporáneo”; la ruptura y la transgresión aplicadas contra la civilización occidental son enmascaradas bajo la palabra arte (cuyo valor le viene preferentemente del acervo ingente de obras de arte sublimes que colma la civilización occidental); es decir, los anti-valores propugnados por el “arte contemporáneo” (la destrucción de los valores intemporales de la civilización occidental) son exaltados ahora fraudulentamente con la denominación de “arte contemporáneo”. Contradicción máxima es ésta: que el afán demoledor, destructivo, de los valores constitutivos del arte occidental, multisecularmente estimados, universalmente apreciados, sea eufemísticamente llamado ¡arte!… en lugar de barbarie o atentado contra la cultura. Por si alguien no se hubiese percatado de ello, sepa que cualquier rechazo de la excelencia artística y del orden intemporal, en nuestra época, corre el “riesgo” de ser llamado “arte contemporáneo”: el urinario (Fountain) de Marcel Duchamp; la Mierda de artista enlatada de Piero Manzoni; una vitrina vacía en una habitación vacía (El Vacío) de Yves Klein; una obra consistente en una cama deshecha, unos pañuelos usados sobre la esterilla del suelo y unas pantuflas desfondadas, de Yves Klein; una superficie casi totalmente uniforme de color, de Marc Rothko; una foto coloreada con unas superficies uniformes de color, de Andy Warhol; una escalera de mano que los instaladores de una exposición dejaron olvidada fue incluida en el catálogo y pasó involuntariamente a ser considerada como una “obra de arte…contemporáneo”. Por tanto, entendemos que ir contra lo que ha sido bueno siempre, así como el rechazo de lo excelente, puede ser automáticamente considerado “moderno”. Por este procedimiento queda justificada ya (de un modo tan simple) la máxima irracionalidad: todo lo malo (contrario a la excelencia, a la maestría, a la belleza, a la expresión artística de lo maravilloso y sublime), todo cambio empobrecedor, toda destrucción intencionada, toda carencia (nihilismo progresista), todo ensayo primerizo de aficionado, todo ejercicio balbuciente de parvulario, toda muestra patente de inmadurez, toda impostura… son merecedores de ser engañosamente encumbrados a la categoría de ¡“arte contemporáneo”!
El hombre tecnológico se interesa por un aspecto muy puntual de la realidad, por un poquito o por un detalle, pero desconoce el conjunto; sabe quizá mucho de unos medios, pero es un ignorante de los fines; tal descompensación de conocimientos, unida al engreimiento de suponer que sabe mucho de todo, hace al hombre tecnológico muy manipulable por las ideologías (espejismos que no se ajustan a la realidad). Un ejemplo: el vulgar urinario que en 1917 el provocador Marcel Duchamp expuso en Nueva York titulándolo Fountain (La Fuente) se perdió, pero hoy se muestra en el mundo una veintena de réplicas similares, una de ellas en la Galería Tate de Londres… Lo sorprendente es que el objeto suscita, en muchos visitantes, tanta admiración ¡como si se hallasen ante la Gioconda de Leonardo da Vinci o Las Meninas de Velázquez! Ante tamaña prueba de ignorancia y de oscurecimiento de la mente humana inevitablemente recordamos, un vez más, las palabras de Albert Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana; y de lo primero no estoy seguro”. Rendir tributo a la modernidad puede llevarle a uno a hacer el más estrepitoso de los ridículos. Cuando el hombre tecnológico ha sustituido los valores perennes y naturales de verdad, bien y belleza por criterios coyunturales, oportunistas y convencionales como la moda o la fama, para valorar el arte y todas las manifestaciones del espíritu humano, el encefalograma que ofrece tal persona es plano, mas no de muerte cerebral, sino de muerte espiritual. Éste es el diagnóstico fatal y revelador de nuestra época.
Podría definirse el “arte contemporáneo” como la antítesis, la negación, la deconstrucción o el desmembramiento del cortejo de valores intemporales ―cimeros y armoniosamente trabados― que constituyen el orden natural y la civilización occidental (en esto consiste, y no en otra cosa, las tan cacareadas ruptura y transgresión, postulados del “arte contemporáneo); “arte contemporáneo” (puede ser ésta otra definición apropiada) es elevar a ¡cultura! la barbarie —resultado de la ruptura y transgresión—… en esta época tecnológica; el timo de unos incautos.
No minimicemos la gravedad de esta suplantación: ¡la pintura artística oficial agoniza en nuestros días!, ¡la civilización occidental se muere!… (como se mueren los peces cuyo medio natural es el agua salada, dentro de una pecera con agua del grifo… aunque la apariencia de la pecera no haya cambiado). En este contexto histórico, mi pintura constituye una gran excepción, una enmienda a la totalidad de tanta sinrazón contemporánea. Nuestra época parece empeñada en darle la razón a Albert Einstein, demostrando que la irracionalidad del hombre puede ser ilimitada… y que la estupidez humana es en ocasiones infinita.
Hoy en día da la impresión de que bastantes personas han renunciado a ver con sus propios ojos, a juzgar con su propio entendimiento, a confesar la evidencia, y así se contentan con valorar una producción artística simplemente por lo que otros digan, o toman como hechos incontestables los resultados de campañas de marketing que aplican la lógica del ministro nazi Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”… Así, a modo de consecuencia y tras lo dicho en los párrafos precedentes, quizá estamos en condiciones de calibrar la robustez artística de tantos artífices encumbrados por el mal llamado “arte contemporáneo”… Humo, marketing, ruido mediático.
La deconstrucción o labor destructiva, demoledora, de los valores perennes, constitutivos de la civilización occidental (y no sólo de ésta), causada por la ruptura y la transgresión, postulados del mal llamado “arte contemporáneo”, tiene un precedente histórico en la invasión bárbara del Imperio Romano. Gracias principalmente al paciente e inestimable trabajo de los monjes medievales en Europa se evitó que se consumase una ruptura absoluta con la cultura de siglos anteriores, y se salvó parcialmente un patrimonio que beneficia a toda la humanidad de cualquier época (con excepción de los bárbaros voluntarios de hoy que rechazan ese tesoro de sabiduría, al oponerse a toda tradición).
Afirma el historiador José Javier Esparza que, tras la provocadora exposición del urinario (un urinario vulgar de fabricación industrial) de Marcel Duchamp en 1917, titulándolo Fountain (La fuente), y el consiguiente elogio entusiasta de ciertos críticos de arte, que vieron en ese gesto un signo valiente de ruptura y transgresión, el arte moderno-contemporáneo cayó en picado, entró en caída libre…
La exaltación de la ruptura y la transgresión como postulados de la modernidad equivale a la proclamación de la barbarie destructiva como la forma nuestra de progreso y de cultura; o bien (recurriendo a otro símil) a contraer voluntariamente un cáncer, como una expresión nueva y distinta de vivir. Los efectos de estas causas no se hicieron esperar: el mal llamado “arte contemporáneo” acoge todas las manifestaciones terminales del arte que agoniza.
A todos se nos ofrece la oportunidad de aprender de la historia. Por el contrario, “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla” (Cicerón).
Respecto a la proliferación de magnos edificios, en esta época, concebidos como museos o ámbitos idóneos para albergar exposiciones artísticas, de manera generalizada ha sucedido que lo importante no es el contenido, sino el continente; el arte no se encuentra tanto en la supuesta pintura o escultura expuestas: está más bien en el receptáculo, en la arquitectura misma del edificio.
Citando al filósofo Fabrice Hadjadj podemos proseguir el razonamiento:
La novedad y la innovación no son en absoluto la misma cosa, más bien ―al contrario― la innovación coincide con el rechazo de la novedad. La innovación es la novedad en lo que concierne a los objetos, sin importar la novedad de los sujetos. La novedad en lo que respecta a los sujetos es nacer, o renacer, o convertirse; esto es, mejorar, perfeccionarse, enriquecerse espiritualmente con hábitos ―destreza― y virtudes, adquirir una comprensión más verdadera de la realidad, del sentido de la vida y del cosmos, adentrarse en el misterio de todo cuanto existe… ¿Qué es la innovación? Es empezar con pluma y tinta, para pasar sucesivamente al bolígrafo, después a la máquina de escribir y al portátil. Haciendo esto, ¿he desarrollado mi destreza, he aprendido a escribir como Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, San Juan de la Cruz, Dostoyevski? No. Los objetos han progresado, el sujeto no.
El segundo problema de la innovación es que representa el reino de la obsolescencia (caída en desuso de las máquinas, equipos y tecnologías motivada no por un mal funcionamiento de éstos, sino por un insuficiente desempeño de sus funciones en comparación con las nuevas máquinas, equipos y tecnologías introducidos en el mercado). La cultura de la innovación es la cultura del descarte. El objeto innovador hace que descartemos el viejo: ya no existe tradición, la recuperación, el legado. La lógica de la innovación es la lógica de la obsolescencia y del desdén por la novedad enriquecedora y espiritual de las personas. A causa de este odio hacia el crecimiento integral del ser humano, hacia la auténtica novedad que atañe al sujeto, nos lanzamos al vórtice (remolino de viento o aire que avanza rápidamente y levanta a su paso polvo o materias poco pesadas; centro de un torbellino) de la innovación de los objetos y nos aturdimos con la diversión generalizada.
En el libro La suerte de haber nacido en esta época, Fabrice Hadjadj señala la necesidad ―hoy en día― de recordar las evidencias primeras: lo natural no es una construcción convencional, y así las vacas no son carnívoras…
«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». Es un dicho consagrado y además es certísimo. Pero también la memez es la memez, la diga el porquero o Agamenón.
José Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002: “Las artes del siglo XX dejaron de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico”. Refiriéndose al momento cultural de nuestros días, lo llama “tiempo de liquidaciones”. “Siempre es una delgada película la que nos separa del regreso a la barbarie”…
«Si me preguntaran cuál es el mayor defecto de nuestra época, respondería sin dudarlo que la confusión y la inversión de valores» (Gustave Thibon, El equilibrio y la armonía).
Algunos de los párrafos que siguen son citas del historiador de arte Ernst Gombrich:
«El lenguaje es un buen ejemplo de cómo funciona una tradición. Hablamos porque disponemos del lenguaje, porque lo hemos heredado. En arte sucede lo mismo. Incluso las vanguardias que están en contra de la tradición, no pueden ignorarla, so pena de no saber a qué se están oponiendo. El arte avanza sobre la base de la tensión entre la tradición y el cambio. […] Soy escéptico ante las teorías de la vanguardia; en muchos casos me parecen cómicas.
»Vine por primera vez [a España] en 1968, y exclusivamente para visitar el [Museo del] Prado. Velázquez es uno de los grandes, tal vez el más grande.
» [¿Picasso?] Un gran talento. Como hombre, probablemente una mala persona, poco amigo de sus amigos, cruel con las mujeres. Sin embargo, ¿cómo demostrarlo?… Era muy egocéntrico. Inmensamente creador, pero poco autocrítico. Algunos de sus cuadros son buenísimos, otros en cambio triviales. Todo esto tiene que ver con su propio placer. Le encantaba eso de pintar docenas de cuadros al día».3
«Poseo todo el derecho de defender y de tener fe en mi propia cultura, sin querer criticar a otras culturas. No veo contradicción entre admirar la cultura occidental y no objetar otras culturas. No criticar a otras culturas no significa hacer exactamente la misma valoración de todas las creaciones culturales. He escrito mucho en contra del relativismo. Tengo gran respeto por el arte primitivo, tribal, el africano por ejemplo, o el del sur de Oceanía, pero sigo creyendo que hay una diferencia entre estas artes muy tradicionales, estos estilos practicados por los artesanos de la sociedad primitiva, y las grandes obras de arte, por ejemplo de Velázquez. Creo que la clave de la diferencia está en la libertad de elección, la riqueza de medios. En la sociedad tribal, alguien que aprende a tallar un ornamento tiene posibilidades muy limitadas, carece de la libertad que tuvo Velázquez cuando pintó el Inocencio X. Sería ridículo postular que la tiene. La verdad es que, cuantos más medios posee uno, más libertad de elección tiene, y más posibilidades. Pero también más probabilidades de crear arte pobre, mediocre, de caer en algo estúpido y poco interesante. Al mismo tiempo, con el aumento de posibilidades también se potencia el logro creativo, que alcanza niveles superiores. Se ve esto en la música muy claramente. Las danzas y canciones tribales pueden ser buenas y admirables, pero Bach es distinto: simplemente tiene una mayor maestría sobre los medios de los que dispone. La clave está, pues, en el grado de libertad y la riqueza de medios, elementos que repercuten en el grado de excelencia artística.
»En el arte contemporáneo hay una ausencia de patrón, de búsqueda de la excelencia. […] Está claro que hay una ausencia de topes y de nivel; se hacen cosas fáciles que cualquiera con un poco de pericia podría hacer. No hablo de todo el arte moderno, por supuesto, pero sí de gran parte de él. Yo soy un gran defensor de la idea de que el arte está vinculado a la maestría; y la maestría es, por definición, algo que no todos pueden alcanzar. Hay buenos deportistas, gente que corre más que otra, personas que juegan al cricket mejor que otras, y hay pintores que pintan mejor que otros. Lucian Freud puede pintar mucho mejor que otra gente (para hablar de maestros modernos). Cartier Bresson es mejor fotógrafo que yo. De eso estoy seguro, porque respeto la maestría. Beethoven era mejor compositor que muchos de los de su tiempo. En nuestra época, a través de la popularidad del arte, a través de la industria de la crítica de arte, de la proliferación de exposiciones, los medios de comunicación han alcanzado mucho poder a la hora de crear una sensación en el arte que NO ESTÁ REALMENTE BASADA EN LA MAESTRÍA sino en la PURA NOVEDAD.
»No escribí sobre ellos [movimientos como los “Fauves” de Matisse o el dadaísmo] en mi libro La historia del arte porque, efectivamente, no llamaron mi atención. Querían crear un anti-arte, burlarse del arte. […] Eran la misma frivolidad que profesaban. En estos asuntos yo no soy frívolo. Los tomo muy en serio».4
«Cada generación se rebela de algún modo contra los puntos de vista de sus padres. Y cada obra de arte expresa su mensaje a sus contemporáneos no sólo por lo que contiene, sino por lo que deja de contener. Si esto es verdad, solamente puede significar que el triunfo de las vanguardias no durará siempre.
»Discutí y critiqué, en las páginas 560-561, la doctrina del funcionalismo, que se identificaba con la arquitectura moderna. Allí dije que la doctrina “ha contribuido a que nos desembaracemos de muchas de las innecesarias baratijas con que las ideas del siglo XIX acerca del arte llenaron de confusión y desorden nuestras ciudades” pero que, como todas las consignas, descansaba en una excesiva simplificación. Podemos admitir que la decoración puede ser trivial y carente de gusto, pero también puede proporcionarnos placer, un placer que los puritanos del movimiento de vanguardia querían negarle al público […] y que se encuentra dentro del orden natural de las cosas. […] La aplicación de formas juguetonas puede ser sensible o frívola, dependiendo del talento del diseñador.
»Actualmente todas las obras de arte del siglo XIX contra las que se había rebelado el movimiento de vanguardia están desterradas en los sótanos de los museos; en particular, el arte oficial de los Salones. En la página 504 me aventuré a sugerir que es improbable que esa actitud dure indefinidamente, y que llegará el momento en que estas obras serán redescubiertas.
»Ya hace algún tiempo que se ha hecho evidente que lo que llamé el triunfo de las vanguardias llevó a los inconformistas a una contradicción. Era comprensible que los jóvenes estudiantes de arte se sintieran provocados a hacer anti-arte por los puntos de vista convencionales, pero tan pronto como el anti-arte empezó a recibir apoyo oficial y fue reputado como Arte con A mayúscula, entonces, ¿qué quedaba por desafiar?
»Lo que se denomina pintura moderna (o de vanguardia) nunca adoptó un principio único. Todo lo que tienen en común los movimientos y tendencias que se han distinguido en el siglo XX es su rechazo al estudio de las apariencias naturales. Y no es que todos los artistas de la época estuviesen dispuestos a romper con el pasado, pero la mayoría de críticos estaban convencidos de que solamente las desviaciones más radicales respecto a la tradición conducían al progreso. […] Un ejemplo notable es el pintor Lucian Freud (nacido en 1922), quien nunca rechazó el estudio de las formas naturales. Su cuadro Dos plantas (ilustración 403) puede recordarnos Hierbas de un prado, de Alberto Durero, realizado en 1503 (pag. 345, ilustración 221). En ambos casos el artista está absorto en la belleza de plantas comunes, pero mientras que la acuarela de Durero era un estudio para su uso particular, la gran pintura al óleo de Freud es una obra que por derecho propio ahora cuelga en la Tate Gallery de Londres. […] También mencioné […] que la palabra fotográfico se había convertido en término peyorativo (pag. 616).
»Lo que estas tendencias recientes nos han vuelto a dejar claro es que en arte, al igual que en vestimenta o decoración, hay vaivenes del gusto. Es innegable que muchos de los viejos maestros que admiramos, y hasta muchos estilos del pasado, fueron despreciados por críticos sensibles y bien preparados de generaciones anteriores. Así son las cosas. Ningún crítico ni historiador puede estar totalmente libre de prejuicios, pero creo que es erróneo sacar la conclusión de que los valores artísticos son completamente relativos. Bien es verdad que raramente nos detenemos a buscar los méritos objetivos de obras o estilos que no nos atraen a primera vista. Pero eso no demuestra que nuestras apreciaciones sean enteramente subjetivas. Sigo convencido de que somos capaces de reconocer la maestría en arte, y que este reconocimiento tiene poco que ver con nuestros gustos personales. A un lector de este libro puede gustarle Rafael y no gustarle Rubens, o a la inversa, pero el libro habría fracasado en su propósito si sus lectores no reconocieran también que ambos eran maestros muy destacados».5
Chesterton, adelantándose al tiempo y con un punto de ironía, había asegurado: «Llegará el día en que tendremos que desenvainar la espada por afirmar que el pasto es verde». «Una sociedad está en decadencia, definitiva o transitoria, desde el momento en que el sentido común ha llegado a ser poco común» (Gilbert Keith Chesterton).
Advirtamos, también, que existe una notable semejanza entre un pensamiento de Miguel Ángel Buonarroti y otro de Chesterton. El primero se formula así: «El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la consigamos». El segundo se enuncia de esta manera: «el más grave peligro de nuestra cultura es la generalización de la vulgaridad». Un poco más arriba hemos leído unas citas de Ernst Gombrich, quien decía: «Yo soy un gran defensor de la idea de que el arte está vinculado a la maestría; y la maestría es, por definición, algo que no todos pueden alcanzar […] En el arte contemporáneo hay una ausencia de patrón, de búsqueda de la excelencia». Miguel Ángel, Chesterton y Gombrich parecen estar de acuerdo; el “arte contemporáneo” ha puesto el listón tan bajo, que cunde la vulgaridad; pero, juntamente, ―y esto es lo peor― rechaza neciamente la maestría, desprecia como un bárbaro la excelencia, aborrece como una mente entenebrecida la belleza; las ensucia y le irritan como si fueran un insulto. «No deis las perlas a los puercos, no sea que las pisoteen y, revolviéndose contra vosotros, os despedacen».
«En su juventud Gilbert Keith Chesterton había conocido en la Stade School [escuela de Bellas Artes] un mundillo “lleno de sinvergüenzas progresistas”. La sociedad que rodeaba a Frances [novia y futura esposa de Gilbert] en la escuela anglicana de Bedford Park era también ―como nos dice Titterton― avanzada en un sentido muy concreto: el de su avanzado estado de descomposición espiritual. La personalidad de la muchacha reforzó la crítica de Gilbert a este tipo de progresismo que se rebela contra unas normas no precisamente de tráfico, sino morales […] Si a Gilbert le sorprendió su práctica religiosa, más le admiró que no se dejara influir por las ideas en boga».6 Posteriormente Gilbert escribió sin ambigüedades: «El hombre realmente valiente es el que desafía a las tiranías del presente, no a las del pasado»; «a cada época la salva un puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales».
Al escritor Juan Manuel de Prada pertenecen las consideraciones siguientes:
«Para que el entretenimiento del Occidente neopagano no decaiga (ya se sabe que los gustos estragados por el vicio demandan variedad), los secuaces del Estado Islámico se han filmado ahora derribando de sus pedestales estatuas asirias del museo de Mosul, que a continuación martillean con saña, hasta reducirlas a añicos.Un espectador despistado podría confundir el vídeo de marras con una performance oligofrénica de Joseph Beuys, o de cualquiera de esos truhanes que exponen su morralla en esa feria de la pacotilla llamada ARCO, para pasmo de acomplejados y esnobs.
»La iconoclasia bárbara de los islamistas, al fin y a la postre, no se distingue demasiado de la iconoclasia refinadita del Occidente neopagano, que lleva siglos destruyendo arte con diversas coartadas estéticas, ideológicas, filantrópicas o incluso religiosas, disfraces buenistas con los que encubre el odio a la Belleza y, en último término, a Quien la creó, sembrando su semilla en nuestras almas.
»La evolución del “arte contemporáneo” fetén, cuyo propósito último no es otro sino vituperar, escupir, defecar sobre la Belleza, hasta borrar su huella de nuestras almas, cumpliendo aquel desiderátum de Ivywood, el protagonista de La taberna errante [novela de G. K. Chesterton], que predicaba que el arte debía “romper todas las barreras”, hasta dejar de mostrar formas reconocibles, hasta fundirse en la pura nada, hasta anegarnos en su vómito, para negar más plenamente la labor del Creador.
»En esta labor iconoclasta, como en la persecución religiosa, los secuaces del Estado Islámico y el Occidente neopagano van de la mano: a uno le corresponde hacerlo del modo más truculento; al otro, de un modo mucho más fino y taimado. Ambos, como la Bestia de la Tierra y la Bestia del Mar, caminan juntitos, haciéndose caricias y arrumacos, bajo la mirada complacida (¡enternecida!) del Nuevo Orden Mundial».7
«Moratinos […] piensa que los chorros que el artista Barceló dirige contra el techo de la campanuda Sala de los Derechos Humanos y la Alianza de Civilizaciones son “la Capilla Sixtina del siglo XXI”. Esta afirmación puede parecer a simple vista una hipérbole propia de un mentecato; pero se convierte en verdad inapelable y profundísima a poco que reflexionemos sobre la naturaleza del arte contemporáneo.
»A fin de cuentas, ¿qué hizo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina? Pues lo que hizo fue reflejar con los pinceles la idea de un Dios creador que había hecho al hombre a su imagen y semejanza; un Dios, por lo tanto, que era un artista figurativo, esto es un reaccionario y un fascista. ¿Y qué hace el arte contemporáneo? Pues lo que hace el arte contemporáneo es reflejar su aversión a la idea de un Dios creador, proponiendo un universo que rechace el modelo de su creación; un universo regido por las leyes que el propio artista determina y que, en su engreimiento, terminan siendo una ausencia completa de leyes, una anomia fatua y agnóstica que se resuelve lanzando chorros con una manguera. El artista Barceló es, en efecto, el Miguel Ángel del siglo XXI; y la Alianza de Civilizaciones es una creación a la medida del arte contemporáneo: una chorrada sin pies ni cabeza, hecha a imagen y semejanza de un diosecillo con la cabeza hueca que sufraga sus caprichines saqueando los bolsillos de los lacayos que han contribuido a su endiosamiento».8
Ante el “feísmo” del arte contemporáneo el pintor Balthus razonaba de esta manera:
«Si estamos rodeados de tantas cosas bellas, ¿por qué nos empeñamos en evitarlas? […] El único fin de la pintura es la belleza. Las carnes desplumadas de algunos pintores contemporáneos transforman la pintura en una obra de caída. Luciferina. Cuando de lo que se trata es de alcanzar la belleza divina. Por lo menos sus reflejos» 9 . «Porque a mi entender, Dios, que ha hecho el mundo y no pudo haberlo hecho feo o incomprensible, nos ha dejado un campo inmenso de bellezas de las que debe disponer el pintor. ¿Cómo vas a hacer fealdad con esas riquezas? Siempre me he sentido depositario de esos dones, responsable de ellos. Tienes que superar tu abatimiento, tu sufrimiento, tus dudas, para dedicarte a la tarea inmensa, al bautismo que es la pintura, esa inmersión en la belleza de Dios».10
Y C. S. Lewis hacía decir irónicamente al tentador en Cartas del diablo a su sobrino:
«El horror a Lo Mismo de Siempre es una de las pasiones más valiosas que hemos producido en el corazón humano: una fuente sin fin de herejías en lo religioso, de locuras en los consejos, de infidelidad en el matrimonio, de inconstancia en la amistad»… de cambios sin ton ni son en el arte ―se podría añadir―.
Cristina Martín Jiménez, autora de varios libros sobre el Club Bilderberg:
«Rockefeller está detrás del arte del siglo XX. Detrás de esa revolución cultural que llama “arte” al anti-arte está el Sr. Rockefeller financiando a sus “artistas” rockambolescos (que encontremos expuesto un bidé y nos quieran hacer creer que eso es arte)… Porque ese señor lo único que ha tenido es dinero… Una cosa que yo siempre he defendido es que el hecho de que ellos se autocalifiquen como “sabios” no les da la capacidad de ser sabios, no se les otorga [ese don]. Lo que han tenido es muchísimo dinero para comprar a muchísima gente, para poder planificar y diseñar el mundo según su conveniencia… Pero, de saber, nada ―o muy poco―; los resultados lo prueban».
Suzana Mihalic:
«La historiadora de arte Frances Stonor Saunders y otros expertos sostienen que parte del éxito mundial del expresionismo abstracto en los años 50 se debe a la CIA. La agencia habría promocionado bajo cuerda esta corriente artística como “emblemática de la libertad de pensamiento y del mercado libre estadounidenses”. El objetivo: ganar a los soviéticos la guerra cultural y discutir la hegemonía europea en el arte».11
«Una de las discusiones más importantes y fascinantes del libro de Saunders es sobre el hecho de que la CIA y sus aliados en el Museo de Arte Moderno (MoMA) invirtieron vastas sumas de dinero en la promoción de la pintura abstracta expresionista y los pintores correspondientes como un antídoto contra el arte con un contenido social».
Texto completo en: http://www.lahaine.org/la-cia-y-la-guerra-fria-cultural
Iván Vélez, El expresionismo abstracto o la libertad subvencionada:
«El MoMA y la familia Rockefeller serán piezas clave de tal estrategia, pues es en el museo diseñado por Wrigth donde se producirá la puesta de largo de tal grupo de pintores. En particular, es Nelson Rockefeller, vinculado directamente a la CIA y asesor de Eisenhower, quien apuesta de manera definitiva por el expresionismo abstracto.
»La cálida acogida que los expresionistas abstractos encontraron en el MoMA tuvo continuidad en otro museo neoyorkino: el Whitney, cuya directiva también estaba relacionada con la poderosa Agencia de Inteligencia. Otras fundaciones, como la Fairfield o la Ford, sirvieron para dispensar becas a artistas extranjeros, financiar giras europeas. A todo ello hemos de sumar el apoyo de medios de comunicación ―señaladamente la revista Life― y la positiva influencia de determinados críticos de arte, que contribuirán a la consolidación de la llamada Escuela de Nueva York, cuyas filas serán engrosadas por artistas europeos como el francés Yves Klein, cuyos pinceles eran los cuerpos humanos de mujeres desnudas y embadurnados de pintura que él manejaba y hacía deslizar sobre lienzos extendidos en el suelo».
Rafael Núñez Florencio, Otro rapto de Europa:
«El caso de Jackson Pollock y, en general, el apoyo de los servicios secretos estadounidenses al expresionismo abstracto, no puede ser más sintomático en este sentido. De este modo, una parcela tan alejada teóricamente de la lucha política directa como la actividad artística se vio contaminada por el feroz maniqueísmo de la guerra fría: si los soviéticos auspiciaban el realismo socialista, Estados Unidos apostaría (estrictamente hablando: por medio de fajos de dólares) por la vanguardia, la experimentación y el arte por el arte. No deja de ser una broma de la historia que así, por esos vericuetos tortuosos, la superpotencia capitalista se empeñase en hacer realidad el viejo dogma marxista de que el arte que soslayaba el compromiso social servía objetivamente a los intereses del capitalismo y a las necesidades de la burguesía. No fue ni mucho menos un asunto aislado. Otras actividades artísticas, como la música sinfónica de vanguardia (obras de Stravinsky, Britten, Schönberg), fueron promocionadas e instrumentalizadas en el mismo sentido. En realidad, todo servía si con ello se erosionaba de alguna manera el influjo soviético».
Benedicto XVI, Audiencia general del 31 de agosto de 2011:
«Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de un poema o ante un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una sensación de alegría; es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que «habla», capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se cuestiona ante la realidad visible, busca descubrir su sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Más aún, es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano».
Después de estas palabras diáfanas quizá sea más fácil comprender que hoy, en gran medida, se está llamando “arte contemporáneo” a una cáscara vacía, de ninguna o de muy escasa sustancia artística. ¿Las tan buscadas formas nuevas o la novedad aparente (objetivo único o casi exclusivo de la modernidad artística) descubren el sentido profundo de la realidad y lo comunican al ser humano; o se quedan en ser sólo materia: mármol, bronce, hierro oxidado, hormigón, arena, trozos de madera, tela pintada, trapos, texturas…? ¿Causan en el contemplador esa profunda emoción y alegría, al ponerlo en contacto con el misterio, al hacerle descubrir –desde lo cotidiano o desde lo conocido– una puerta abierta hacia el infinito?
El discurso del Papa Francisco en la conferencia “Repensando Europa” contiene este párrafo:
«A partir de los años sesenta del siglo pasado está teniendo lugar un conflicto generacional sin precedentes. Al entregar a las nuevas generaciones los ideales que han hecho grande a Europa, se puede decir hiperbólicamente que se ha preferido la traición a la tradición. Al rechazo de lo que llegaba de los padres, le ha seguido el tiempo de una dramática esterilidad. No sólo porque en Europa se tienen pocos hijos —nuestro invierno demográfico—, y demasiados son los que han sido privados del derecho a nacer, sino también porque nos hemos encontrado incapaces de entregar a los jóvenes los instrumentos materiales y culturales para afrontar el futuro. Europa vive una especia de déficit de memoria. Volver a ser comunidad solidaria significa redescubrir el valor del propio pasado, para enriquecer el propio presente y entregar a la posteridad un futuro de esperanza».
«Si ignoras lo que ocurrió antes de que nacieras, siempre serás un niño» (Marco Tulio Cicerón).
Muchos hoy en día proponen: ¡Hay que innovar constantemente!… Se trata de despertar la atención de los que están distraídos con el “móvil”, de los permanentemente insatisfechos y aburridos (porque los han colmado de todo, sin que ellos hayan realizado el menor esfuerzo), de los que sólo se alimentan de “pan y circo” y cuyas preocupaciones máximas no rebasan el nivel del fútbol o de unas vacaciones en la playa.
Sí, ciertamente, se requiere una innovación sustancial: esa que lleve a aprender a ser hombre, criatura material y espiritual (radicalmente dependiente y plenamente receptora de todo lo que tiene), ¡cumbre del universo!; a tomar conciencia del don, del gran regalo de la existencia y del cortejo de dones que nos llegan con ella; a descubrir que somos incondicionalmente amados, que hemos venido a la existencia gracias al Amor primero del Creador y de unos padres; que ese Amor no sólo fue generador al inicio, sino que nos mantiene en el ser, análogamente a como una bombilla emite luz no sólo porque recibió energía eléctrica en el momento inicial, sino porque es alimentada por esa energía durante todo el tiempo en que alumbra.
Innovación que lleve al ser humano a interesarse por el orden natural, a comprender y amar su propia identidad y la del ámbito cósmico en que vive; a tener más estima de la sabiduría que del hacer (ejercicio del dominio humano sobre la naturaleza); a dar prioridad al ser sobre el tener (el enriquecimiento armónico personal de todas las facultades espirituales y materiales del hombre es mucho más valioso que la posesión material de algunos bienes). Como consecuencia, la innovación que el “arte contemporáneo” necesita con urgencia es enraizarse en la fuente perenne y natural de la novedad, esa que nos da a beber el licor de la sabiduría: apertura y adentramiento en el misterio de la realidad y del hombre, e irradiación plástica de ese misterio por medio de la belleza. El misterio es inagotable; el arte que lo manifieste será intemporal, siempre NUEVO, no se agotará.
Dostoievski aventuró que «la belleza salvará el mundo» 12 . Acorde con el pensamiento de Dostoievski y con el nuestro es la afirmación esperanzada (defendida por mí en la doble vertiente de la palabra escrita y principalmente de la realización pictórica) de que sólo la auténtica belleza ―la que es irradiación plástica o sensible del misterio de la realidad y del hombre― podrá salvar el “arte contemporáneo”.
El pensamiento de Gilbert Keith Chesterton apunta en la misma dirección: «A cada época la salva un puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales». “Inactuales” sólo en apariencia, en cuanto que no se pliegan a las modas del momento; pero, en realidad, son los que se adhieren a los valores permanentes, siempre actuales o intemporales.
Imaginemos el día del descubrimiento de América… Lentamente avanzan tres carabelas; sobre el palo mayor de una de ellas, Rodrigo de Triana, un marinero, de pronto grita: ¡Tierra!… Todos estaban amotinándose porque cundía el hambre. Cristóbal Colón había tenido que encerrar en el calabozo a alguno de sus subordinados. La desesperación era manifiesta y la tripulación hablaba de regresar… De pronto alguien grita (Rodrigo de Triana): ¡Tierra! A partir de ese momento la vida cambia para todos: ¡Ya hemos llegado!… ¡Ahí está!
El descubrimiento de tierra firme, ¡de un nuevo continente!, constituyó la novedad que precedió a los significativos cambios de vida operados en aquellos hombres dirigidos por Cristóbal Colón. También en el arte el descubrimiento o encuentro con el misterio de la realidad debe ser principio de toda novedad enriquecedora para el hombre, que el artista reflejará de un modo material, por medio de colores, líneas, manchas, texturas, volúmenes, palabras, sonidos… Una innovación o un cambio antepuestos al descubrimiento y que no remitiesen al misterio serían artificiales, tendrían poca consistencia y muy escaso fundamento. Equivaldrían a “poner el carro delante de los bueyes” o, dicho con palabras de Chesterton, “el hombre moderno se pasa la vida adaptando las cabezas a los sombreros”… invirtiendo el orden natural; retorciendo el sentido originario de las cosas; desdibujando la verdad sobre la persona y su relación con el medio donde vive, el universo; celebrando el abandono de la realidad y “normalizando” la aberración y el disparate.
¿Qué entienden muchos, hoy, por innovación en el arte? Las modas y tantos movimientos “artísticos” de nuestros días (que ―por desgracia― poco o nada se diferencian de aquéllas) tienen un origen muy distinto del natural (de la novedad enriquecedora para el hombre que supone el descubrimiento o encuentro con el misterio de la realidad, y de la imperiosa necesidad del artista de comunicar esa maravilla por medio de la belleza); nacen del afán de notoriedad de diseñadores y artífices: “A ver cómo me afirmo o valoro a mí mismo, llamando la atención con alguna excentricidad, de modo que se fijen en mí y así yo me sienta importante”. “¡Basta de egos demasiado grandes replegados sobre sí mismos!” “Vanidad de vanidades; todo es vanidad” 13 en la feria de este mundo… llamado “arte contemporáneo”.
El arte moderno y el denominado «contemporáneo» han cifrado el arte en la búsqueda de formas nuevas, en la novedad aparente; esta pasión por las formas nuevas, aunque éstas poco o nada signifiquen, aunque digan poco o nada del misterio de la realidad y del hombre, debe ser corregida.
Un descubrimiento, pues, se echa en falta hoy… Se precisa que alguien grite: ¡Alma!, no ¡tierra!… ¡Alma!
Dejemos de fijarnos sólo en lo material y en el cuerpo; descubramos que somos más espíritu que otra cosa… ¡Alma! Fijémonos en lo que llevamos dentro.
El materialismo nos impone una involución hacia reino animal. El “arte” es así reducido a unos objetos más o menos agradables, quizá decorativos o de aspecto novedoso ―como pueden serlo también unos zapatos, unas cortinas, un electrodoméstico, una moto o un coche vistosos―, pero carentes de toda significación espiritual, de toda relación con un conocimiento profundo de la realidad: ése que no se circunscribe a lo sensorial y epidérmico (que es lo propio del conocimiento de los irracionales). ¡Alma!, no ¡tierra!… ¡Alma!: reaccionemos ante el drama de nuestra cultura empobrecida y decadente, derivado de la des-espiritualización.
No es superfluo, sin embargo, que atendamos a una advertencia de Aristóteles: “Pero es más difícil conocer la belleza del alma que la del cuerpo” 14 . También en El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, encontramos esta elemental lección: “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”. El contemplador de una obra de arte ha de tener algo más que sentidos; ha de presentarse ante la belleza artística provisto de un mínimo bagaje, de un cierto amor a la sabiduría. El amor dispone a conocer; y el conocimiento adquirido irá alimentando, a su vez, el amor, el aprecio, la admiración, hacia lo conocido.
Gozar con la lectura de un poema sublime, con la audición de una cantata de J. S. Bach, con la contemplación de un cuadro artístico no es tan fácil como apasionarse con el seguimiento de un espectáculo deportivo o de una “música” simple, ruidosísima y violenta, aderezada ―además― con la carnaza de una exhibición lasciva ―cuyo conocimiento se nos da a un nivel inmediato y superficial, y que muy probablemente haría reaccionar hasta a los mismos animales―, pero es incomparablemente más provechoso, más edificante para el sujeto que contempla, más enriquecedor y gratificante: nos ayuda a conocernos y a conocer algo de la maravilla que nos envuelve y en la que estamos inmersos.
El arte no es algo enteramente cosificado, reducido a lo que se puede ver y tocar. El arte debe necesariamente ser un icono del hombre: material y espiritual a la vez. Sin esa impronta del espíritu, sin la apertura a lo trascendente, el arte ―como el ser humano― se muere al faltarle el alma: un “arte” sin alma no es más que un cadáver.
La trayectoria del arte moderno hasta el mal llamado “arte contemporáneo” es el curso de una agonía; desde aquella definición de José Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002: «Las artes del siglo XX dejaron de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico», hasta el nihilismo progresista de nuestros días, perfecta puesta en escena de El vestido nuevo del emperador, fábula de Hans Christian Andersen.
Sí, la belleza podrá salvar al mundo… y al “arte contemporáneo”, sumido en la decrepitud y envuelto en el disfraz de la impostura. Mas no la “belleza” reducida a mera apariencia decorativa e intrascendente; sino ¡la belleza en plenitud, la que es auténtico esplendor de la verdad y del bien, la única que muestra, hace patente y custodia un gran misterio! La civilización occidental es la constatación histórica más fehaciente de este prodigio al que llamamos belleza: ¡cultivo del espíritu, ejercicio integral de la razón, filosofía –amor a la sabiduría–, obras de arte literarias, pictóricas, arquitectónicas, musicales… sublimes, sobrecogedoras!
Una exposición realizada en París con el título “Picasso 1932. Año erótico”. Cai Guo-Qiang y Doris Salcedo intervienen en Madrid; el primero exhibe en el Museo del Prado “obras realizadas con pólvora quemada sobre lienzo, en las que el artista medita sobre las cualidades que definen el arte de sus predecesores”; “homenajea a los grandes maestros del arte español con evanescente pólvora”. La segunda honra a los inmigrantes usando el agua en el Palacio de Cristal del Retiro (dependiente administrativamente del Museo Reina Sofía, que en este montaje ha gastado más de 100.000 €… procedentes del erario y sufragados con impuestos públicos). A la propia Doris Salcedo pertenece la afirmación siguiente: “Lo difícil es lograr una imagen invisible, una iconografía sutil”. Esta triple información de octubre de 2017 despierta en mí algunas reflexiones:
Como es habitual en nuestros días, se repiten los espectáculos que intentan hacer de la nada una cuestión importantísima.
El arte moderno y el decadente contemporáneo exhiben, con artificiosa petulancia, obras de una simpleza tan del gusto de los esnobs como pobre o carente de valores artísticos (el “vestido nuevo” del rey desnudo); obras infantiles, de colorines muy llamativos y cuya aplicación del color no tiene más arte que el requerido para colorear una superficie de un modo “plano” (sin sugerir modelado alguno) o uniforme (sin diversidad de matices); obras que emulan, acaso, los ejercicios balbucientes de unos niños de guardería; o bien, obras consistentes en reclamos extra-artísticos y soportadas en las tesis de un progresismo nihilista y destructivo (ruptura y transgresión), o en justificaciones pseudo-intelectuales añadidas como pegatinas. En el mejor de los casos, esas obras cumplirán satisfactoriamente una función decorativa en las paredes de algunas mansiones y serán un arte de meras sensaciones (“me gusta” o “no me gusta”, “me agrada” o “no me agrada”; expresiones todas ellas equivalentes a “resulta decorativo” o “no decora”). ¡Qué diferencia con un arte de madurez, trascendente, profundo, conmovedor, de complejidad cósmica, como el de Dostoievski (el mismo que se aventuró a decir que “la belleza salvará el mundo”), de J. S. Bach o de Beethoven, de Miguel Ángel, Rafael, Tiziano, El Greco, Rubens, Velázquez, Rembrandt o Goya! (y esta enumeración es muy incompleta). Una sola de las obras maestras de estos autores sobrepasa, en arte, quizá a millones de esas otras de índole infantil, colorística, epidérmica, banal, y que muy poco o nada dicen del misterio inherente a la realidad y –principalmente– al hombre. La homologación del primer grupo de obras con el segundo ha supuesto aceptar un error originario, suplantando los fines propios del arte por pretensiones oportunistas de corto vuelo. Sin duda, como ya nos advirtió Chesterton, “el más grave peligro de nuestra cultura es la generalización de la vulgaridad”… y (podríamos añadir) la divulgación a escala planetaria de una gran estafa (perfecta puesta en escena de El vestido nuevo del emperador).
En la fábula de Hans Christian Andersen ―a la que nos hemos referido varias veces―, los sastres truhanes habían asegurado que ellos confeccionarían el vestido nuevo del emperador con una tela que únicamente los listos podrían ver (ya sabemos que la tela era inexistente y por tanto invisible). En nuestra época la barbarie implícita en el lema ―doblemente destructivo y demoledor― del “arte contemporáneo” (ruptura y transgresión aplicadas contra esa maravilla multisecular que es la civilización occidental) adopta diversas poses intelectualoides, adornando con nombres eufemísticos y rimbombantes la destrucción lograda o ―lo que es lo mismo― las carencias de arte más absolutas. Así, los esnobs (los nuevos “listos” que se admiran ante telas invisibles del rey desnudo) nos hablan de “arte conceptual” y logran distinguirse, con ese cinismo, de los “necios” que no ven arte alguno en llamar Fountain, la Fuente, a un vulgar urinario, en exhibir Mierda de artista enlatada, o en colgar una silla de un clavo de la pared… A Albert Einstein no le tocó ver esta barbarie terminal del hombre tecnológico y espiritualmente analfabeto, pero ya nos advirtió con muy fino humor: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana… Y de lo primero no estoy seguro”.
He leído, asimismo, que en el Museo Vaticano serán expuestas obras religiosas de Andy Warhol. ¿Es que ese Museo se ha quedado sin mentes rectoras que lo gestionen y dirijan? Porque, ¿en qué consiste el “arte religioso” de Warhol? Superpone unas superficies uniformes de color a una reproducción en blanco y negro de La Última Cena de Leonardo da Vinci. Demostración palmaria de nihilismo artístico y de banalidad pedante, que ―como el rey desnudo― muestra sus vergüenzas y alardea de exhibir sus carencias.
Permitir que ensucien, que profanen una obra sublime ―como La última Cena de Leonardo da Vinci― las manos de un inepto es cooperación al mal. El arte de los maestros italianos comparado con las obras de Andy Warhol es como la virtud enfrentada al vicio opuesto.
Si suplantar las obras de arte de un museo por copias constituiría un fraude, hoy en día se practica otra forma de profanación y de engaño: equiparar las obras de arte de un museo a los reyes desnudos, a las carencias más burdas, a la cochambre moderna condecorada con honores de arte supremo. A lo que en ninguna otra época hubiesen llamado arte, ahora se le “reconoce” un mérito enorme por ser anti-valor de los valores multiseculares, “superación” de toda belleza artística y excelencia, paladín de la ruptura y transgresión, sello inequívoco de modernidad y de “progreso”.
Dar cátedra a la frivolidad o a la estulticia equivale a la jubilación de los maestros. La suplantación está servida.
Algunos nuevos ricos (con frecuencia tan arrogantes e ignorantes) han creído que simplemente pagando millones de dólares por obras sin ningún valor artístico, que no merecen ser llamadas cuadros, automáticamente las encumbraban a la consideración de obras maestras de la pintura. Por este procedimiento de gran efectismo mediático han logrado llamar la atención y un reconocimiento social generalizados en poco tiempo. La táctica del ministro nazi Goebbels (“una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”) ha hecho el resto…Ahora estas obras, propias de una guardería infantil, esas simplezas de principiante, colman las salas de museos renombrados (como bisutería de feria camuflada en medio de joyas de diamante). Y la estupidez colectiva abre la boca asombrada ante esas birrias… ¡por el mucho dinero que costaron! El leit motiv de Albert Einstein viene aquí, una vez más, a darnos la clave de esta situación esperpéntica: “Hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana… Y de lo primero no estoy seguro”.
Un refrán castellano nos dice: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Por mucho que hayan pagado por esas birrias, no dejarán de ser birrias.
Por mucho azúcar que se le ponga a un alimento corrompido no dejará de ser insalubre.
En el pasado sucedió que verdaderos artistas o auténticas obras de arte carecieron de la fama, del reconocimiento social que merecían, por parte de sus contemporáneos. En nuestra época se ha dado el fenómeno inverso: “reyes desnudos”, carentes de destreza y de arte, han sido encumbrados a la fama por campañas de marketing y se han convertido (artificialmente) en genios de humo, inconsistentes… pero con fama y dinero. Es la gran estafa. La gran impostura del “arte contemporáneo”, la gran mentira hecha “verdad” con la repetición.
Proliferan los timadores artísticos con vitola (fama internacional) de “genios” del “arte contemporáneo”… Urge desenmascararlos mostrando su vaciedad, que no va más allá de su desparpajo publicitario. Estos modernos vendedores de humo constituyen el relevo generacional de los ya extintos charlatanes de feria; por eso, para seguir engañando a los incautos, necesitan renovar sus artimañas de persuasión, manteniendo intacto su descaro… Pero rara vez los grandes timadores actúan en solitario. Para cometer sus tropelías, necesitan rodearse de un cortejo de cómplices ―mejor si son poderosos y “honorables”―, que prestan de modo “altruista” su testimonio y su adhesión incondicional a tan “noble” causa.
Ruptura y transgresión es la esperpéntica formulación a la que ha conducido el afán de novedades (postulado del arte moderno): ¡rechacemos todo lo bueno, lo excelente, los valores intemporales… porque “ya no son modernos”! ¡Viva la barbarie y la irracionalidad!
Europa se vio invadida por las hordas de bárbaros, que precipitaron la caída del Imperio Romano y destruyeron gran parte de su cultura. Ahora la barbarie, la destrucción, se realiza voluntariamente ¡y en nombre de la cultura moderna! Es la lógica de lo ilógico, la justificación de lo injustificable: “Dos cosas hay infinitas, el universo y la estupidez humana… Y de lo primero no estoy seguro” (Albert Einstein). ¡Viva el analfabetismo de la era tecnológica!
El hombre contemporáneo está orgullosamente satisfecho de sí mismo por el progreso científico y tecnológico alcanzado (el que otros le han transmitido y del cual él se beneficia). Pero “Nadie tiene bastante de lo que en realidad no desea” (nadie tiene suficiente de lo que no valora). El hombre contemporáneo está en las antípodas de la sabiduría perenne y juega a despreciarla como el bárbaro que no valora el bien precioso. El hombre contemporáneo galopa ufano como Atila en su caballo (se dice que donde pisaba el caballo de Atila la hierba de la civilización ya no volvía a crecer).
El poeta Francisco Luis Bernárdez dejó escrito: “Todo lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”.
Un árbol y una civilización viven de sus raíces. Por eso la ruptura y la transgresión equivalen al agostamiento de la cultura y, finalmente, a la muerte de la misma.
Si la hoja desprendida del árbol es paradigma de ruptura y transgresión (o de vuelo libre y autónomo, según sus defensores), de igual modo podemos decir que asistimos al espectáculo de una civilización en caída libre, a la desnaturalización progresiva del hecho artístico y de toda la vida humana (bajo el nuevo paradigma). El hombre contemporáneo ya no comprende las evidencias primarias, no distingue lo natural de lo convencional, el sentido común lo ha abandonado.
Ruptura y transgresión son el epitafio de un suicidio.
“Tras recibir el Premio Nobel de Literatura, Solzhenitsyn fue crítico acerbo de la deriva que iba tomando Occidente hacia un nihilismo suicida”.
Leonardo da Vinci recibió el encargo de pintar el cuadro La Virgen de las rocas. Pasaron dos años y, como no entregó el cuadro a su debido tiempo, le interpusieron una demanda judicial y hubo de pasar por un litigio. Una hipótesis que se maneja hoy es que a Leonardo no le satisfizo plenamente el resultado obtenido en el cuadro y decidió pintar otro. De hecho, actualmente se conservan dos versiones de La Virgen de las rocas, una en el Museo del Louvre, en París, y otra en la National Gallery de Londres.
Después de pintar completa una figura femenina, Rembrandt advirtió que una joya, que portaba la mujer pintada, no brillaba suficientemente. Para solucionar el problema, Rembrandt pintó de nuevo la figura femenina, pero esta vez lo hizo rebajándole un poco la intensidad de la luz; así, por contraste, logró que el brillo de la joya pareciese más intenso.
La Generalitat catalana encargó a un pintor o ilustrador el diseño de la portada de una publicación. Un empleado de la Generalitat se presentó en el estudio o taller del pintor para recoger el diseño encargado. El pintor tenía dispuesta una superficie en posición vertical sobre la que descargaba chorretones de pintura. Para impedir que el goteo de los mismos manchase el suelo, había colocado unos cartones, sobre los que caía la pintura sobrante y sobre los que pisaba él mismo. Tomó, pues, una tijera, cortó un trozo del cartón-alfombra y se lo entregó al empleado de la Generalitat: Aquí tiene lo que me encargaron… Indudablemente, para la portada de una publicación oficial podía bastar una imagen más o menos decorativa. Lo peor es la confusión a la que llegan algunos, que equiparan artísticamente estas imágenes decorativas sin trascendencia ninguna con las expresiones más sublimes del arte (Leonardo, Rembrandt) e incluso ―porque ¡la ignorancia es atrevida!― consideran “superadas” la excelencia, la maestría y la belleza artística por la modernidad… por esta modernidad ridículamente engreída y satisfecha de su vulgaridad, ordinariez y vaciedad nihilista.
Distinguimos, pues, tres niveles de exigencia y de excelencia:
Leonardo es capaz de repetir un cuadro y aspirar más alto.
Rembrandt es capaz de repetir la figura entera de una mujer, para llevar la perfección hasta el detalle.
En nuestra época, hasta la cochambre puede ser condecorada con honores de arte supremo.
De nuevo oímos las palabras de Miguel Ángel Buonarroti que, sabiamente, nos advierte al oído: “El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la consigamos”.
Peor que el robo de obras de arte es, quizá, llenar los museos y salas de exposiciones de cochambre bajo la consideración de “nuevas formas de arte”. Quien roba arte lo valora; quien equipara la cochambre al arte, en realidad equipara el arte a la cochambre.
Los nuevos bárbaros pisotean lo más excelente como el caballo de Atila y se sienten orgullosos de hacerlo.
“Todo lo que se recibe, a la medida del recipiente es recibido”. El cerdo, coma lo que coma —sea el manjar más exquisito o el desecho más ordinario— todo lo convierte en lo mismo, en carne de cerdo.
Este reduccionismo del bien más precioso a vulgar sustancia circunscrita a las categorías mentales del receptor es el drama de nuestra época bárbara.
El apegamiento a ultranza a los propios prejuicios (“¡triste época la nuestra! —dijo el casi contemporáneo nuestro Albert Einstein— en la que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”) incapacita a muchas personas, hoy en día, para el descubrimiento de la verdad, del bien y de la belleza: subjetivismo (o pensamiento inmanentista, relativista) frente a realismo (realismo filosófico).
No basta ver, no basta oír… Algunos dicen: ya vi el museo tal (siguiendo una ruta turística), ya vi la exposición cual; ya oí tal sinfonía. Sí, ¿pero han comprendido algo de la maravilla plasmada en esas obras de arte; se han admirado…; se han adentrado, siquiera un poco, en el insondable misterio que es el puente o la afinidad que liga la realidad y el arte (su expresión plástica)?…
“El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve” (Proverbios y Cantares, Antonio Machado).
Algo es real no porque tú lo veas, sino que lo ves porque ya existía antes de que tú lo vieses. Hacer derivar la realidad del conocimiento de un sujeto (de una creatura humana como Descartes y no del Creador supremo) es invertir las cosas. El hombre puede conocer o no algo existente, puede conocerlo (es decir, ésta es una posibilidad), pero de ordinario el hombre conocerá sólo parcialmente la realidad. Ésta es tan compleja y misteriosa que el hombre no conseguirá conocerla completamente nunca.
Si la cultura moderna se resiente de un mal origen (el subjetivismo formulado por Descartes y continuado por tantos otros), al cabo de unos siglos ―ya en el siglo XX― encontramos la figura del artista diosecillo que cree, ya no que la Tierra es el centro del cosmos, sino que su yo es el centro mismo de la realidad y del universo.
Él se siente dueño absoluto, con ilimitada capacidad, porque coloca una oreja en la posición de un ojo, y trastoca el orden natural a su antojo, convirtiéndolo en una emanación o en un excremento de su yo.
Un fragmento pequeño de una obra maestra contiene más arte, ha captado más el misterio de la realidad y del hombre, que cientos de obras “artísticas” modernas en las que, de un modo recurrente, se contiene casi un único mensaje: la afirmación narcisista de quien nos dice: ¡esto es arte porque lo digo yo, que soy artista!
Frente a la visión profunda y humilde del sabio, que reconoce la insondable maestría plasmada en el universo (“Lo más incomprensible del universo es que sea tan comprensible”; en las leyes de la naturaleza “se manifiesta una razón tan considerable que, frente a ella, cualquier ingenio del pensamiento o de la organización humana no es más que un pálido reflejo”, Albert Einstein), se alza la visión infantil o de adolescente (el mismo nombre es significativo: adolescente es el que adolece, el que carece de madurez) de “artistas” modernos y contemporáneos que “desprecian lo que ignoran” (Antonio Machado), desdeñando el logos inherente a la realidad, un desafío sin parangón para el conocimiento humano.
Al tiempo, la rendición gregaria a estos ídolos de la modernidad o “genios” suscita la sospecha de que estos “artistas” se reían de un público rendido a sus pies: ¡tomad pienso con mi firma, ya que cualquier cosa que yo haga os satisface!
Artistas modernos (Bacon, Picasso, Egon Schiele…) no saben qué es el hombre. Desconocen que éste es un QUIEN, un ALGUIEN, no simplemente un algo o un mero objeto plástico manipulable por ellos a su capricho y antojo. Son profanadores, bárbaros destructores de la civilización occidental (si ésta es la cultura humanística por excelencia, los modernos bárbaros encarnan el anti-humanismo y la negación de la sabiduría perenne), merecedores de que se les tilde de autores de un arte degenerado y de haber ensuciado con sus pinceles la maravilla de la naturaleza… (Si bien, en el caso de Pablo Ruiz Picasso, por ejemplo, no toda su producción pertenece a esta categoría decadente; el malagueño también realizó obras admirables). Según la definición de Chesterton (“La mediocridad consiste, posiblemente, en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”), estos modernos se comportan como mediocres incapaces de valorar la grandeza de la Creación y lanzan piedras contra ella, así como contra su bien más precioso, el hombre. (Si, pese a la exposición concatenada y gradual de estas ideas, a algún lector le suscitasen perplejidad las precedentes consideraciones, le recomiendo que lea de nuevo el penúltimo párrafo, el que se inicia así: Frente a la visión profunda y humilde del sabio… y que incluye dos citas, una de Albert Einstein y otra de Antonio Machado). “La verdadera historia de un hombre se inicia CUANDO ese hombre EMPIEZA A VER CON VERDAD [con respeto, admiración y devoción] LA REALIDAD: la realidad que lo rodea (…). Sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, sin deformaciones ideológicas».
¡Qué diferencia con el arte de la pintura “impresionista”! En ésta es captada y eternizada la poesía, la maravilla, el milagro o el misterio de la naturaleza percibido en un instante. Si sólo un instante de misterio natural libera (en un cuadro “impresionista”) una “energía” comparable a la fisión de un átomo (bomba atómica) o a la fusión (bomba de hidrógeno), ¿qué sería entrar en sintonía con el misterio universal de todo cuanto existe?… ¡Como para lanzar piedras contra eso! ¡Qué paletos quienes lo hacen!
“No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír”. Así puede resumirse la conducta del hombre que desprecia el logos del cosmos. Dos ejemplos a continuación:
Las abejas necesitan visitar dos millones de flores y viajar unos 80.000 kilómetros, que es lo mismo que darle la vuelta al mundo dos veces, para elaborar dos kilos de miel.
Mao Tse Tung decretó el exterminio de los gorriones. De esa manera, según él, los campesinos podrían comer lo que los pájaros comían en sus campos. Los campesinos chinos terminaron con los gorriones; en carretas trasladaron a miles de pájaros muertos… ¿Cuál fue el resultado? Faltando los gorriones, proliferaron los insectos, que comieron los cultivos, y las plagas; se produjeron hambrunas que causaron la muerte de millones de campesinos. Romper el equilibrio ecológico, trastocar el sabio orden natural no queda sin consecuencias. El hombre engreído que desdeña el orden natural se expone a que, antes o después, la naturaleza le demuestre su fatuidad y le recuerde su ignorancia.
Es necesario volver a llenar los aljibes del pensamiento y del arte humanos con el agua fresca y pura del logos presente en el cosmos, recuperando la senda de la sabiduría perenne, el hontanar perpetuo que brota desde el orden natural.
“Algunos confunden el ‘progresismo’ con la ‘velocidad’… Pero cuando uno elige el camino equivocado, ¡a más velocidad, mayor retroceso!” (G. K. Chesterton).
Releer ahora las palabras del escritor Juan Manuel de Prada contenidas en 7. CITAS DE VARIOS AUTORES, pertenecientes a este mismo texto, puede ser el complemento idóneo, el cierre perfecto, a estas últimas frases e ideas.
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