Aquí se suscita una cuestión. ¿Es propio de la pintura representar una sonrisa franca, abierta? Contamos con un ejemplo, La vendedora de langostinos, de William Hogarth (1697-1764); pero la infrecuencia del hecho a lo largo de la historia del arte alimenta la duda.
El excelente pintor “impresionista” Edgar Degas decía que, si hay que pintar una sonrisa ostensible, el artista debe atreverse a hacerlo: “Haz retratos de la gente en poses características, familiares (…). Así, si la risa caracteriza a un individuo, hazlo riendo”.
Indudablemente los tiempos del teatro y de la ópera son más lentos que los del cine; también los de la pintura, en comparación con la fotografía. A ésta le es dado captar una imagen instantánea, como el rostro risueño de quien acaba de oír un chiste o del que sonríe ante una cámara cuando advierte que le están haciendo una foto. La pintura, aunque parta de una imagen instantánea, tiene un fin muy distinto: debe lograr una imagen —o solución plástica— que trascienda el momento concreto y tenga unos valores significantes o expresivos permanentes.
Las sonrisas pintadas por Leonardo da Vinci o por Rafael Sanzio son suaves, apenas insinuadas; tienen un “recorrido” largo…; no son la copia congelada de un instante.
Miremos el boceto a carboncillo de los torsos de estas dos niñas. Comparémoslo con la solución adoptada en el cuadro pintado al óleo. En el primero la niña rubia sonríe con la boca cerrada; en el segundo muestra los dientes. Yo dudaba…
La clave para lograr que estas sonrisas sean pictóricas es conseguir que pertenezcan de un modo “orgánico” a un contexto más amplio —este cuadro—, donde todos los elementos están relacionados, se complementan recíprocamente y tienen un cometido significante, no simplemente descriptivo. En contraposición a sus padres, representados con una función expresiva muy diferente, las sonrisas de estas niñas se convierten no en una instantánea, sino en la imagen intemporal de una etapa de la vida: la de las ilusiones infantiles (cf. el análisis de este cuadro).